La «cuestión china»

Publicado por valladolor viernes, 25 de noviembre de 2011 ,






(«El programa comunista»; N° 49; Septiembre de 2011)


SUMARIO:




La historia de China y de sus luchas sociales, sobre todo las que se han desarrollado desde hace un siglo, es rica de enseñanzas para el proletariado del mundo entero. La verdadera naturaleza del capitalismo en su fase senil o imperialista; el carácter en última instancia reaccionario de la burguesía de los países subdesarrollados; la acción contrarrevolucionaria del oportunismo internacional en estos últimos cuarenta años, todos estos puntos fundamentales encuentran una ilustración abundante en la historia china, lo cual ofrece en suma un conjunto de lecciones negativas mostrando lo que el proletariado no debe hacer para llevar a cabo su lucha.


Antes de llegar al periodo contemporáneo, una rápida síntesis de la historia de China es necesaria, a fin de mostrar cuales fueron los efectos de la intervención imperialista sobre este país milenario de estructuras estables. En efecto, durante los siglos en que las olas sucesivas de invasores habían sido absorbidas de manera relativamente fácil e integradas al elemento autóctono que conservaba su organización social, el capitalismo europeo logró en pocos años minar, y luego destruir, a la «China eterna» reduciéndola a su merced. En este choque entre dos formas de producción diferentes, la más joven y dinámica barrió con la más antigua.

Reminiscencias históricas

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Desde su nacimiento hasta su apogeo y luego su hundimiento, el «Imperio Celeste» ha atravesado una historia extraordinariamente uniforme (1). Es la historia de lo que Marx llama el modo de producción «asiático», caracterizado de un lado por un poder central fuerte que domina todo el país y que tiene por tareas principales la de construir, coordinar y mantener las redes hidráulicas del país (sin la cual la agricultura sería imposible), de asegurar la circulación interior de los productos mediante trabajos públicos, organización de la defensa del territorio, etc., y del otro lado, por una organización de comunas locales, donde se cultiva y provee también a la producción de artículos manufacturados necesarios al trabajo y a la vida de sus miembros. Estas comunidades locales englobadas en la unidad general y únicas propietarias de todo lo que existe, la tierra en primer lugar, reservaban todo o casi todo lo restante de la producción al mantenimiento del Estado central.

Dependiendo de factores naturales, geográficos y físicos inmutables, un sistema de esta naturaleza se perpetuó a través de siglos. Claro está que una lenta evolución interna tendía a hacer aparecer una capa de propietarios terratenientes, en particular entre los funcionarios del Estado central. Pero la formación de esta propiedad privada, que debilitaba el poder central y le impedía realizar plenamente sus funciones generales, se repercutía sobre la organización común. La apropiación privada de las tierras arrastraba el abandono de los trabajos comunes de defensa de la economía agrícola y de regulación del curso de los ríos, y entonces verdaderas pestes azotaron al país. Esta situación empujaba a las masas campesinas a la rebelión reclamando una repartición igualitaria de la tierra. Con todo derecho podemos decir que la «historia de la China no es tanto la historia de la serie de dinastías que pasaron por el poder, sino las potentes revueltas que durante más de veinte siglos hicieron y deshicieron estas dinastías».

Este equilibrio, o si se quiere, este circulo vicioso de la sociedad china no podía ser roto mientras que chocara con modos de producción inferiores: todos los invasores sucesivos, pueblos pastores o guerreros del Asia Central, no obstante que hayan vencido en el terreno militar, fueron obligados a adaptarse y luego a mezclarse en el país conquistado sin modificarlo en nada en lo esencial.

Sola la fuerza expansiva del modo de producción capitalista logró quebrantar y luego romper el edificio social oriental que este había minado con el comercio después de haber abierto brechas con sus cañoneras: «El buen mercado de sus productos es la gruesa artillería que batió en brecha todas las murallas de China y llevó a la capitulación de los bárbaros más cabezudamente hostiles a los extranjeros. A riesgo de morir, la burguesía fuerza a todas las naciones a adoptar el modo burgués de producción: las fuerza a introducir en su país la pretendida civilización, es decir, a que se vuelvan burguesas. En una palabra, se forma su mundo a su imagen y semejanza» (Manifiesto del Partido Comunista»). La «civilización» burguesa típica: opio, comercio y religión presenta aquí sus características más típicas: hambre y masacres para la China, riqueza para los accionistas de Inglaterra, Francia y Holanda.

La penetración imperialista

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Sería demasiado largo recorrer las etapas de la penetración del capital europeo en China: nos limitaremos a recordar los hechos principales. A partir de la primera mitad del siglo XVI, primero con los portugueses, luego con los ingleses, franceses, holandeses y al final de los americanos, comienza una corrosión lenta e ininterrumpida de la potencia china: los productos occidentales toman progresivamente el lugar de los objetos manufacturados locales, arruinando finalmente la producción familiar, sumiendo al país en la pobreza. Los embajadores y las delegaciones occidentales manifiestan su fidelidad al emperador, y los puertos se abren al comercio internacional mientras que la influencia occidental se convierte en predominante en todos los países limítrofes.

La intervención del capitalismo se vuelve cada vez más abrumadora, pesada, el gobierno local trata de defenderse de una penetración que le lleva a la quiebra; el choque se vuelve cada vez más violento. Es la época de las «guerras del opio», monumento a la civilización burguesa.

El comercio de esta droga, en manos de los ingleses esencialmente, tuvo funestas consecuencias para la sociedad china; las reservas de moneda se agotan en beneficio de Londres y París, el Tesoro Publico sufría las consecuencias, las capacidades de resistencia y de trabajo de la sociedad declinaban. Los capitales y las reservas necesarias para los grandes trabajos de regulación de las aguas desaparecerán, estas obras serán abandonadas lo que traerá consecuencias desastrosas para la agricultura y el abastecimiento de alimentos. Para Occidente, todo ello era producto de «catástrofes naturales».

Para reaccionar a la ruina económica, el gobierno chino emprende una campaña de represión contra el tráfico de drogas que lo lleva a chocar abiertamente con los occidentales. De 1839 a 1861 se libran tres «guerras del opio» entre la China e Inglaterra y luego Francia. A cada derrota el imperio debe someterse al Imperialismo: pérdida de la soberanía de sus puertos en beneficio del comercio occidental; bases y concesiones a Inglaterra, a Francia, Alemania, etc. pago de millones de taleros de indemnización; concesión de los derechos portuarios y aduaneros; legalización del comercio del opio, etc.

El imperialismo tiende entonces a desmembrar la inmensa nación. Utilizando las dificultades interiores del imperio (rebelión de los Taipings, 1850-1864), este aumenta su influencia sobre el aparato de Estado y el ejército; la organización social degenera, la dinastía imperial se reduce a una simple mampara, que los imperialistas protegían de sus enemigos internos para mejor despojarla de todo poder real. Mientras se desenvuelve este proceso, comienza el desmembramiento territorial: Annam, Tonkin, Formosa para Francia; Hong-Kong y otras concesiones para Inglaterra; Manchuria y Corea al Japón. Todas las provincias tributarias del Imperio Celeste pasan a pertenecer al Occidente. La China rodeada por el imperialismo se asfixia, su economía periclita, su independencia es escarnecida, su potencia destruida.

La competencia es despiadada con los tejidos occidentales y arruina rápidamente la floreciente industria local, lo que provoca una terrible crisis. La fuga de dinero rarifica los capitales necesarios para el mantenimiento de las grandes obras de mejoramiento, paraliza el lanzamiento de nuevos trabajos indispensables: el hambre y las epidemias se expanden, y alcanzan su máximo en la segunda mitad del siglo XIX. La población es diezmada, inmensas fuerzas productivas son destruidas, toda la sociedad se ve precipitada en el hambre y la miseria.

Todos estos acontecimientos rompen con el equilibrio pasado. Nuevas estratificaciones sociales, nuevas clases poco a poco se forman y comienzan a influir en la dinámica social del campo. La vieja clase de los funcionarios, mandarines y militares que se enriquecen con el comercio y se van perfilando como una gran burguesía mercantil, invierte sus beneficios en la agricultura, despojando de sus tierras a los campesinos y a las comunidades agrícolas a través de préstamos usureros. Privado de tierra, arrojado al hambre, el campesino se ve obligado a vivir en un pequeño lote de tierra insuficiente y se transforma en granjero o semi-granjero.

Relaciones sociales

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Ciertos datos estadísticos prueban la existencia del fenómeno: las empresas de 1 a 30 mus (mu = 0,06 ha.), es decir que permiten morir de hambre o de sobrevivir sin esperanza, representan el 68% de las empresas agrícolas y deben satisfacer las necesidades de 32% de la población mientras que sólo disponen de 19% del territorio. Las empresas de 30 a 50 mus (burguesía media), representan el 16% de las empresas, el 7 por ciento de la población y el 17% del territorio. Luego vienen las grandes empresas de más de 50 mus que representa sólo el 7% de la población y disponen del 64% de las tierras cultivables.

Estos enormes desequilibrios (a modo de ejemplo, hemos dado estas cifras; válidas en ciertas provincias) tienden a generalizarse, pero el Sur, productor de arroz, vive en medio de una multiplicación de ínfimas propiedades, mientras que el Norte, productor de trigo, es testigo del surgimiento de grandes empresas modernas.

En suma, según la tradición milenaria de la China, se ha llegado a la necesidad de una redistribución de las tierras bajo el impulso de las revueltas campesinas. Pero, la acción paralizante del capitalismo internacional, la formación de una burguesía indígena, la renuncia del Estado a su rol de organizador general de la economía agrícola, la hacen imposible. La redistribución de la tierra que, hasta ese momento, se ha hecho de manera «natural», exige ahora un vasto movimiento que implique la intervención de todas las clases de la sociedad.

Actuando de concierto con la nueva burguesía agraria, se forma una burguesía comercial, la famosa burguesía «compradora» que, aliada al imperialismo y sirviendo de relevo a la comercialización de los productos occidentales, enajenan una parte considerable de las ganancias y la reinvierten en la agricultura o en la usura. Estos «compradores» actúan por otra parte de manera reaccionaria con respecto al movimiento de independencia que surge en el país. Por último, se forma igualmente un proletariado chino, poco numeroso pero muy concentrado, que la ruina de la artesanía doméstica y el éxodo rural que acarrean las hambrunas y las deudas empuja hacia las ciudades costeras.

Estas nuevas clases sociales serán las protagonistas de los movimientos sociales del siglo XX. La vieja China muere definitivamente, asesinada por el capitalismo internacional. La nueva China comienza a dar sus primeros pasos.

Esta nueva China la edifica el imperialismo sobre las ruinas de las viejas estructuras sociales y políticas. Alrededor de los puertos, abiertos al tráfico internacional, se desarrolla una red de actividades que, partiendo del comercio y los servicios, abrazará muy pronto la industria. Las vías férreas son construidas por los rusos y los japoneses; el hierro y el carbón, venidos sobre todo de Manchuria, son explotados masivamente. El ocupante extranjero instala las primeras estructuras industriales: la transformación de la economía china ha comenzado. Desde luego que esto no representa sino una gota de agua en un desierto; China sigue siendo incluso hoy [1967, NdR] un país esencialmente agrícola, pero de una importancia decisiva para el destino de la nación.

Entran las clases sociales en escena

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La destrucción del viejo modo de producción asiático y la implantación del sistema capitalista empujan a las clases sociales, antiguas y modernas, a la lucha sobre nuevas perspectivas. La revuelta de los Bóxer marca una era nueva en las relaciones entre el viejo imperio y el imperialismo, como en las relaciones internacionales: se desencadena en 1900 y muy pronto abrazará a todo el país, y si bien se termina en una derrota, las mismas han demostrado claramente hasta qué punto las contradicciones aportadas por el capitalismo habían modificado radicalmente las viejas relaciones. Con la revuelta de los Bóxer se reanuda el movimiento de las revueltas anti-europeas del siglo pasado, pero más radicalmente y a escala nacional; el asedio a los consulados en Pekín constituye una declaración de guerra al imperialismo, el signo de que la China está despertándose, y el momento ha llegado para que las nuevas fuerzas sociales cumplan la tarea que la historia les ha confiado.

En 1911, después de los movimientos Taiping y Bóxer, de carácter exclusivamente popular, la burguesía nacional entra en escena. Inspirado por las «cuatro familias» (la gran burguesía), Sun Yat-sen lanza un programa nacionalista, el «Plan por el desarrollo económico de China», que refleja todas las ilusiones e indecisiones características de la burguesía china. Ésta espera realizar pacíficamente su revolución nacional beneficiándose de la «comprensión» y la ayuda imperialistas, sin pensar en poner en movimiento ni a las tradicionales masas campesinas muertas de hambre, ni mucho menos aún al proletariado indígena poco numeroso pero ya peligroso.

Los herederos actuales de las tradiciones burguesas y nacionalistas de la China de Sun Yat-sen pueden ondear las banderas rojas, lo que demuestra que los sueños de 1911 no se realizaron más que en la medida en que ha sido arruinada una solución bastante radical y decisiva, es decir la soldadura de la revolución china con las revoluciones occidentales, las únicas capaces de permitir, gracias a la utilización científica y racional de las inmensas energías liberadas por una revolución internacional, la construcción de una economía moderna sin el precio exorbitado que han debido pagar hasta hoy los proletarios chinos.

A partir de 1911, la cuestión china asume una importancia internacional. Las soluciones políticas que les serán aplicadas tendrán siempre amplias repercusiones hacia el exterior y aportarán posteriormente una especie de laboratorio a las maniobras del oportunismo estalinista. En realidad, dos concepciones opuestas de la lucha de los pueblos coloniales se enfrentarán en la dinámica social oriental. Dos concepciones que dentro del contexto social a escala internacional no representaban desde luego dos maneras intercambiables, entre las que la Historia tomaría tranquilamente su decisión para resolver las contradicciones sociales del tercer mundo, sino dos vías opuestas inconciliables. El problema ya resuelto por el marxismo de la doble revolución, de la revolución permanente, se planteaba en China: las vías seguidas por las dos clases fundamentales de la sociedad moderna, burguesía y proletariado, paralelas al comienzo, debían y deben necesariamente divergir.

La perspectiva marxista

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Las revoluciones nacionales de la burguesía se terminan en Europa en la segunda mitad del siglo XIX; bajo el empuje de la penetración capitalista y de las primeras manifestaciones del imperialismo, los regímenes atrasados ven desarrollarse el nuevo modo de producción y las categorías sociales que están ligadas a este, antes incluso de poder adaptar las formas políticas del régimen pre-capitalista a la nueva realidad en desarrollo.

Es el caso en particular de la Rusia zarista. En esta sociedad, atrasada desde el punto de vista capitalista, la penetración del capital extranjero y la renovación del capital local conforman islotes de un capitalismo muy concentrado, muy moderno, con todas las consecuencias que ello entraña, y en primer lugar, la creación de un proletariado, poco numeroso en relación a la extensión del país y al total de su población, pero directamente arrojado dentro de las condiciones de una lucha de clase anti-burguesa y anti-capitalista. La presencia de este proletariado, por un lado, y por el otro la presión del capitalismo internacional, impiden a la burguesía nacional atacar a la vieja superestructura pre-capitalista, inadaptada a las nuevas necesidades. La burguesía nacional tiene menos temor al yugo del imperialismo que a la clase proletaria en pleno auge, que ha aprendido las lecciones del pasado y posee ya un programa político completo y bien definido. Como lo constataba Lenin, en Rusia «la revolución burguesa es imposible como revolución de la burguesía», y el análisis marxista de esta situación, ya vivida en la Alemania de 1848, constituyó el punto fuerte de los bolcheviques en su lucha por la conquista del poder contra la concepción mecanicista y reaccionaria del menchevismo.

Los marxistas jamás han considerado las revoluciones nacionales en sí mismas si no se ligan a la situación general, histórica en la cual estas se desarrollan. Es por esto por lo que en 1914 proclamarán que se había abierto la era de la revolución proletaria mundial. Incluso en los países atrasados desde el punto de vista capitalista, y hasta en las colonias, todo movimiento social se desarrolla en el cuadro general de un capitalismo que ha llegado a su último estadio y puede por tanto colocar en primer plano al proletariado detrás del cual viene un campesinado víctima del mismo explotador: la burguesía «compradora» ligada por más sólidos lazos al imperialismo que a su aspiración a la independencia. La realización de los objetivos políticos y nacionales mismos de la burguesía se encontraban, pues, subordinados a la lucha proletaria y suponía la toma revolucionaria del poder. O bien opera entonces lo que llamaba Lenin la «transcrecencia» de la revolución burguesa en dictadura del proletariado apoyada por las masas campesinas, o bien la burguesía nacional e internacional vuelve a tomar el poder y bloquea esta transformación política y social, o al menos impone vías alternas, compromisos y, sobre todo, una represión terrible a los obreros y campesinos, siempre a la cabeza de la lucha revolucionaria, lo cual interrumpe el movimiento de vanguardia.

Esta perspectiva estaba bien clara para los bolcheviques. Para ellos, el proletariado debía mantenerse a la vanguardia de la lucha anti-imperialista y no a la cola; y, a la cabeza de la lucha de clase del proletariado y en absoluto a la cola de la burguesía, debía encontrarse un partido comunista fortalecido por un programa y una acción independiente, luchando por el poder en estricta vinculación con el proletariado de las metrópolis imperialistas, que solo con su victoria podía permitir a un régimen político comunista, que reinaba sobre una economía todavía extensamente atrasada, sobrevivir y, por consiguiente, saltar por encima de la fase burguesa, en el cuadro de «un plan económico general controlado por el proletariado de todas las naciones».

Las tesis del II Congreso de la Internacional Comunista son particularmente claras a ese respecto: «Existe en los países oprimidos dos movimientos que cada día se separan más: el primero es el movimiento burgués democrático y nacionalista, que tiene un programa de independencia política y de orden burgués; el otro es el de los campesinos y obreros ignorantes y pobres por su emancipación de toda clase de explotación. (...) El primero trata de dirigir al segundo y, en cierta medida, muchas veces lo logra. Pero la Internacional Comunista y los partidos adherentes deben combatir esta tendencia y tratar de desarrollar un sentimiento de clase independiente en las masas obreras de las colonias. (...) En un primer estadio la revolución en las colonias debe tener un programa que comporte reformas pequeño-burguesas tal como la repartición de la tierra. Pero de ello no debe desprenderse necesariamente que la dirección deba ser abandonada a la democracia burguesa. El Partido debe al contrario desarrollar una fuerte y sistemática propaganda en favor de los soviets de campesinos y obreros. Estos soviets deberán trabajar en estrecha colaboración con las repúblicas soviéticas de los países capitalistas avanzados para alcanzar la victoria final sobre el capitalismo en el mundo entero».

Esta era la perspectiva fecunda. Nada le quita validez, a pesar de que el estalinismo le haya dado la espalda sometiendo al proletariado y su vanguardia política a la dirección pequeño-burguesa y nacionalista del Kuomintang. Basta considerar en efecto la feroz represión que la burguesía empleó para aplastar al proletariado y campesinado pobre, para comprender que un movimiento comunista basado en el proletariado, y arrastrando para este movimiento al campesinado, tenia delante de sí una perspectiva histórica grandiosa. El crimen del oportunismo ha sido el de sacrificar completamente a este movimiento revolucionario; la cruel ironía es que sacrificando a este movimiento de clase también sacrificaba la falsa perspectiva que llevaba a un desenlace puramente nacionalista de la burguesía.

La traición estaliniana

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En 1925-27, el oportunismo estalinista tiene una concepción cercana a la «revolución por etapas» de los mencheviques, evidentemente opuesta a la perspectiva marxista de una revolución proletaria que toma a su cargo las tareas de una burguesía nacional desfalleciente para superarla e imponer sus objetivos de clase, yendo a la cabeza de las masas campesinas y al lado del proletariado mundial.

Por el hecho de que la burguesía nacional es víctima también de la dominación imperialista, el estalinismo concluye de manera completamente arbitraria que ésta tiene un rol revolucionario de primera importancia que jugar, y posee características sociales y políticas completamente diferentes de sus pares en los países avanzados. La realidad dista mucho de estas afirmaciones. Por el contrario cuando el proletariado comienza a actuar de manera autónoma, la burguesía de los países coloniales o semi-coloniales ha cambiado mucho con respecto a la época en que trataba de oponerse a la penetración europea. Ligada como está al capitalismo internacional por lazos tanto económicos como políticos, se ha encerrado en un dilema insoluble: si sus intereses particulares le ordenan dar una estructura más moderna al país (independencia y unificación) la misma da marcha atrás delante de la necesidad de poner en movimiento a fuerzas sociales que teme no poder controlar.

Trotsky aprenderá magistralmente la lección «Una política que ignorara la potente presión ejercida por el imperialismo sobre la vida interior de China sería radicalmente falsa. Pero no menos falsa es la política que partiría de una idea abstracta de la opresión nacional sin conocer su refracción en las clases... El imperialismo en China es una fuerza de importancia primordial. El origen de esta fuerza no reside en los buques de guerra que cruzan el Yang-tsé, sino en los vínculos económicos y políticos del capital extranjero con la burguesía indígena».

Pero, en ese momento en que las contradicciones sociales en China han crecido lo suficiente como para que un enfrentamiento general se produzca, desgraciadamente el oportunismo ya ha hecho nido y se ha adueñado de la Internacional Comunista, y las directivas que de esta emanan ya contienen el germen de su derrota. En efecto, el oportunismo le impone al proletariado renunciar al rol que le corresponde, a la independencia de su partido de clase y de capitular ante las perspectivas burguesas.

En 1924, bajo las ordenes de Stalin, el Partido Comunista de China se adhiere al Kuomintang, adoptando al mismo tiempo los «tres principios del pueblo» de Sun Yat-sen, el programa oficial de la burguesía al cual deberían corresponder en la practica tres etapas de la revolución. La primera, la «etapa militar», debería llegar a la expulsión del imperialismo y a la unificación de la China; la segunda, «etapa educativa», debía preparar al «pueblo»; la tercera debía realizar esa misma democracia. En el lenguaje del oportunismo estalinista, estas tres etapas son denominadas ¡«anti-imperialistas», «campesinas» y «soviéticas»!

Para mostrar la monstruosidad de esta desviación que representa tal política, basta recordar las tesis del II Congreso de la Internacional Comunista que ya hemos citado:

«La ayuda aportada a la destrucción de la dominación extranjera en las colonias no es en realidad una ayuda aportada al movimiento nacionalista de la burguesía indígena, sino la apertura del camino para el proletariado mismo... En su primer estadio, la revolución en las colonias no puede ser una revolución comunista, pero si desde un comienzo ellas se encuentran bajo la dirección de una vanguardia comunista, las masas no se encontrarán desorientadas y en los diferentes periodos del movimiento su experiencia revolucionaria no hará más que crecer».

La «vanguardia» comunista fue al contrario condenada por el oportunismo a servir de retaguardia en las luchas sociales. Mientras que los proletarios eran empujados por la crisis hacia posiciones cada vez más radicales y se oponían tanto al imperialismo como al régimen burgués interior, su Estado-Mayor político se integraba al movimiento democrático burgués, abandonando su república independiente, adoptando las tesis nacionalistas e imponiéndoselas a las masas explotadas de la revolución como la expresión de sus propias aspiraciones. Las consecuencias de este abandono (que no puede ser considerado como un «error» puesto que las tesis, las consignas de la Internacional Comunista en su periodo inicial y hasta su manera de abordar el problema nacional no dejaban lugar a dudas sobre la vía a tomar) no tardarán en hacerse sentir en la lucha revolucionaria. Era como si todas las lecciones de las luchas proletarias desde 1848 hubieran sido olvidadas o renegadas por la clase obrera; en realidad, como la Izquierda Comunista lo comprendió y dijo inmediatamente, el movimiento, bajo la dirección del oportunismo daba sus primeros pasos en el terreno del adversario y, como se vio muy claramente después, nada podría ser salvado luego de este deslice fatal; teoría y organización practica, victoria revolucionaria en Rusia y perspectiva de revolución internacional, toda sería barrido.

Las tesis de Stalin

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En completa ruptura con las tesis del II Congreso de la Internacional Comunista sobre la cuestión nacional y colonial, Stalin decretó que la burguesía nacional china poseía una naturaleza revolucionaria. Pretendía efectivamente que «la dominación del imperialismo mundial hacía de la burguesía china una clase más revolucionaria que la rusa de 1917. Por consiguiente, una revolución proletaria en China era imposible y el proletariado debía dejar la dirección del movimiento nacional a la burguesía. La burguesía había llevado a término la lucha de liberación de cara al imperialismo y la lucha por la unificación del país contra los «señores de la guerra». Para todo este periodo, el proletariado y el partido comunista chino no debían, pues, cumplir ningún rol independiente sino el de limitarse a apoyar al movimiento nacional burgués. Una vez adquirida la independencia y la unificación del país, la revolución habría pasado a la fase de la reforma agraria, siempre bajo el impulso de la burguesía «anti-imperialista». Luego de acabada esta, la fase «socialista» finalmente se entraba al periodo en que el proletariado podía actuar como clase y comenzar la lucha contra la burguesía para instaurar su poder.

Las tesis de Stalin no tenían nada en común con la perspectiva marxista y rebajaba a la clase obrera al rol de masa de maniobra sometida a la burguesía. Para tratar de justificarlas, y en especial para «demostrar» la pretendida capacidad de la burguesía de movilizar a las masas campesinas, se inventa la fábula del «feudalismo chino» y se pretende luego que en China, como en la Europa del siglo XVIII, la tierra era propiedad inalienable del clero y la nobleza, y de los siervos de la gleba. Es un hecho incontestable, por el contrario, que la burguesía ha podido jugar un rol revolucionario anti-feudal apoyándose precisamente sobre las masas campesinas que aspiran a la propiedad de la tierra. Las tierras se encontraban en manos de la nobleza, la burguesía podía estimular un movimiento de reparto del patrimonio de las tierras de la nobleza que en un primer momento habría favorecido desde luego al campesinado, pero que debía, a más largo plazo, y debido a factores puramente económicos (libre comercio de la tierra y endeudamiento creciente del pequeño campesinado), concentrar las tierras en las manos de la burguesía.

Es este el proceso que vemos en marcha en la revolución francesa, en la cual los campesinos barrerán primero al feudalismo y luego engrosaran las filas del ejército napoleónico, para finalmente someterse a la dominación de la banca y del capital financiero. Por consiguiente, de acuerdo a Stalin, la burguesía china debería haber sido doblemente revolucionaria: primero, por que sufría el yugo del imperialismo mundial, y luego, porque debía proceder a un reparto de la tierra, impulsando a los campesinos pobres a la lucha «anti-feudal». (2)

En absoluto las cosas se presentaban así en la realidad. El libre comercio de la tierra era, desde hace ya más de veinte siglos, una práctica común en China, aunque las posesiones del Estado y del clero se habían reducido sensiblemente, en tanto que la parte más grande de la tierra estaban ya acaparadas por la burguesía china misma, representada en los hechos por el usurero de la aldea.

El terrateniente que alquilaba microscópicos lotes de tierra a los campesinos, no era en absoluto el señor feudal, sino el rico usurero que jugaba el rol de «comprador» al mismo tiempo, es decir de intermediario en el comercio de los productos occidentales. La clase burguesa de la cual Stalin pone como Estado-Mayor del campesinado era en realidad su opresor y explotador directo; toda repartición de las tierras hubiese chocado de frente con los intereses burgueses, y es bastante evidente que si el campesinado chino reivindicaba la confiscación y el reparto de las tierras no podía sino hacerlo contra la burguesía.

Las tesis de Lenin y de la Internacional Comunista planteaban que la clase burguesa se había convertido en contrarrevolucionaria a escala mundial, y que sólo el proletariado organizado de manera independiente podía tomar las riendas de las revoluciones nacionales allí donde esta etapa histórica no había sido superada – estas tesis precisamente tomaban todo su valor con respecto a China. Si Stalin le dio la espalda, no fue desde luego por ignorancia, sino bajo la presión de la contrarrevolución de la cual se convirtió en el campeón que socavó el poder proletario en Rusia y, de paso, arruinó el movimiento comunista internacional, en nombre del «socialismo en un solo país».

La situación en China

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Debilitando y destruyendo después completamente a la dinastía imperial, el imperialismo había precipitado a China a un verdadero desmembramiento territorial. El poder central se había desvanecido, las diferentes regiones habían caído bajo el control de los «señores de la guerra», jefes militares que fundaban su poder sobre ejércitos mercenarios formados por campesinos sin tierra reducidos al estado de bandidos errantes, mantenidos por las potencias imperialistas. Estos «señores de la guerra» protegían los intereses de la burguesía contra los obreros y campesinos, y si esta última se oponía en cierta medida a los primeros era porque aspiraba a la unidad nacional necesaria para su propio desarrollo.

La revolución que, en 1911, había abatido a la última dinastía e instaurado una república burguesa bajo la presidencia de Sun Yat-sen, periclita bajo los efectos de la intervención de los «señores de la guerra» solicitada por la misma burguesía, demostrando al mismo tiempo con ello que era incapaz de mantenerse a la cabeza del movimiento de las masas y de cumplir con las tareas históricas de su propia revolución. La oposición de la burguesía a los «señores de la guerra» era por tanto bastante limitada, ya que la primera se encontraba estrechamente ligada a los segundos por la función represiva que estos ejercían. En 1911, Sun Yat-sen les había dejado el poder; en 1913, Lenin escribe en ese sentido: «Las revoluciones de Asia han mostrado la misma ausencia de carácter y la misma bajeza del liberalismo, la misma importancia exclusiva de una independencia de las masas democráticas, la misma delimitación precisa entre el proletariado y toda la burguesía». («Los destinos históricos y la doctrina de K. Marx»).

El Kuomintang, o «partido del pueblo», representaba las aspiraciones nacionalistas y anti-imperialistasa de la burguesía y pequeña burguesía. Este no tenía ninguna influencia sobre los obreros y campesinos pobres quienes, desde el comienzo de sus luchas, se encontrarán bajo la dirección del Partido Comunista. Sus posibilidades de acción estaban, pues, estrictamente limitadas y dependían de su capacidad para plegar al P.C.C. a sus propias directivas. En 1922, Sun Yat-sen rechazó el frente único entre los dos partidos que le ofrecía la Internacional Comunista: para el Kuomintang, los comunistas no podían ser sino subordinados; jamás aliados. Esto aclara la posición de la burguesía china con respecto al movimiento proletario y al campesinado: quería solamente servirse de ello, sin arriesgar ni concederles nada. No buscaba actuar contra el imperialismo, a menos que el proletariado y el campesinado fueran sometidos estrictamente a ella; por el contrario esta sí estaba dispuesta a marchar con los imperialistas si había que atacar a estos últimos. Sólo la contra-revolución triunfante en Rusia podía someter al proletariado a su burguesía, – y fue esto lo que hizo el estalinismo a partir de 1923.

1925-1927: Progreso y derrota de la revolución proletaria

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La aplicación de las tesis estalinistas llevaban a la sumisión del joven Partido Comunista chino al Kuomintang, el partido nacionalista burgués que detentaba el poder en Cantón. Y, en los hechos, el P.C.C. se adhirió al Kuomintang en 1923, destruyendo de esta manera su organización independiente. Del resto, desde 1923, la diplomacia soviética había establecido estrechas relaciones con el jefe y teórico de la burguesía china, el doctor Sun Yat-sen y había firmado acuerdos comerciales con la China repudiando los «tratados injustos» del pasado. Pero, lo que se había constituido sólo en una actitud práctica normal del Estado ruso con respecto al Estado chino, se transformó en una verdadera alianza con la burguesía china.

El encuentro sostenido, el 26 de enero de 1923, entre Joffé y Sun Yat-sen, se concluyó con una declaración conjunta en forma de tratado de paz:

«El Dr. Sun Yat-sen estima que ni la organización comunista, ni menos aún el sistema de Soviets pueden ser introducidos actualmente en China, puesto que las condiciones necesarios a fin de llevar a cabo la constitución exitosa del comunismo o sovietismo no existen. Esta opinión es totalmente compartida por el Sr. Joffé quien piensa que el problema más importante y el más urgente de la China es el de realizar su independencia nacional».

Esta declaración común era la continuación de las deliberaciones del Ejecutivo de la Internacional comunista del 12 de enero de 1923:

«Considerando que la clase obrera no se encuentra suficientemente diferenciada como una fuerza completamente autónoma, el Ejecutivo considera necesario que el joven partido comunista chino coordine su actividad con la del Kuomintang». En esta línea, el tercer congreso del P.C.C. que se tuvo en junio de 1923, lanzaba las siguientes consignas:

«Todos a trabajar por el Kuomintang. El Kuomintang debe ser la fuerza central de la revolución nacional y asumir su dirección».

Por medio de estas citas, bien podemos darnos cuenta de que la vía trazada por Lenin y los primeros Congresos de la Internacional al proletariado de las colonias y semi-colonias ya había sido completamente abandonada. Se le reconocía un rol revolucionario a la burguesía en la revolución nacional y se invitaba al proletariado a someterse a su dirección. El primer pretexto avanzado era que «la China no estaba madura para el sistema de los Soviets», es decir, la revolución proletaria. (La aplicación de este razonamiento típicamente menchevique hubiese impedido la toma del poder por parte de los bolcheviques en la Rusia de 1917). El otro pretexto, completamente opuesto a las tesis de Lenin de 1920, era idéntico al que se utilizaba en Europa para defender la táctica del «frente único». Se decía que el partido comunista estaba poco desarrollado en China y esto le impedía toda acción independiente. Admitiendo incluso que esta debilidad fuese verdad, ello es por el contrario una razón suplementaria para defender al partido, su organización y el programa que le pertenece. Esa era la razón que debía sostenerse; además, esta debilidad era completamente relativa. El partido chino que se había constituido en 1920 había conquistado rápidamente una notable influencia sobre las masas proletarias que todavía no estaban contaminadas por el reformismo ni por el oportunismo como en Occidente. Pese a sus pocos miembros, este tenía de su parte a todo el movimiento de masas y dirigía particularmente a los sindicatos que se desarrollaban rápidamente en todo el país. Desde 1922, el movimiento proletario y campesino tomaba proporciones grandiosas. Ahora bien, este movimiento no solamente estaba fuertemente influenciado por el Partido Comunista sino que era ferozmente hostil al Kuomintang en el cual veía con toda la razón la organización de la odiada burguesía; y es también con toda la razón que le repugnaba la idea de aliarse, o peor como era el caso, de someterse a éste. El movimiento obrero y campesino no pudo deshacerse de esta sumisión, a pesar de su desarrollo extraordinario. En mayo de 1922 se tuvo el primer congreso de los sindicatos chinos, que ya contaba con más de 200 mil adherentes; el 1° de mayo de 1925, el sindicato general pan-oriental había crecido a tal punto de haber logrado reunir 570.000 adherentes. El número de huelgas había pasado de a penas 25 en 1919, a 91 en 1922. El 1° de mayo, 10 mil obreros desfilaban en Shanghai, y 200 mil en Cantón; en Wuhan, pese a la ley marcial las calles se teñían del rojo de las banderas. El movimiento campesino marchaba al mismo ritmo, gracias a la constitución de las «uniones» campesinas que se verán propulsadas en número en el Kuantung y que, desde 1923, se enfrentaban violentamente con los terratenientes y el ejército.

Este movimiento culmina el 30 de mayo de 1925 con la huelga general desatada en Shanghai luego de la muerte de varios estudiantes y obreros durante una manifestación: la huelga se extendió hasta el personal doméstico de las familias extranjeras y alcanzó varias aldeas de Cantón a Pekín, tocando a alrededor de 400 mil obreros. El 11 de junio en Hankú, varios manifestantes son asesinados por marinos ingleses armados con fusiles. El 18 de junio, los marinos de Cantón dejan de trabajar. El 23, en es mismo centro industrial un cortejo de obreros y estudiantes es ametrallado, pero esta vez la respuesta es inmediata: es la huelga general de todo Cantón y Hong-Kong. 100 mil obreros de Hong-Kong se dirigen hacia Cantón donde los esperan ya 250 mil huelguistas. Estas masas obreras tienen prácticamente el poder en sus manos y sus milicias aislan completamente la ciudad. Los piquetes de huelga, tanto en Cantón como en todos los puertos de Kuangtung hacen efectivo el boicot a las mercancías extranjeras, inglesas sobre todo, lo que paraliza el comercio de la Gran Bretaña con el Lejano Oriente. Según datos oficiales, el número de navíos ingleses que antes del boicot oscilaban entre 240 y 160 cada mes entre agosto y diciembre de 1924; en agosto de 1925 caían a menos de 27, llegando a sólo 2. Sobre la base de este potente movimiento, el Kuomintang instaura su poder y el control de Cantón en junio de 1925. Inútil precisar que este resultado fue dado por hecho y con la bendición del P.C.C. y la Internacional Comunista.

La acción del gobierno nacionalista de Cantón es altamente significativa. Luego de haber tomado el poder conquistado por el movimiento obrero, y liberado a Kuangtung (provincia de Cantón) en manos de militaristas gracias al apoyo decisivo de los campesinos, el Kuomintang envía ad calendas griegas toda medida de reforma agraria, con el pretexto de que «primero hay que unificar el país y expulsar a los imperialistas extranjeros». Pero, mientras tanto, pone en sordina las reivindicaciones inmediatas de los obreros y busca por todos los medios hacer cesar la huelga que bloquea las mercancías inglesas, y prepara una gran campaña contra los militaristas del Norte, a la cual se adhiere con todo entusiasmo el partido comunista.

El 20 de marzo de 1926, mientras se prepara activamente la expedición, Chiang Kai-Chek, comandante en jefe del ejército nacionalista, quien tiene a los cadetes de la academia militar de Wuampoa bajo su mando, da el primer golpe a la fuerzas obreras en Cantón y, bajo un falso pretexto, son invadidos y devastados las sedes de los sindicatos, los jefes detenidos. Varios miembros del partido comunista y consejeros rusos que residen en Cantón sufren la misma suerte. Los obreros son desarmados y sus organizaciones destruidas. En pocas horas Chiang tiene sometida a toda la ciudad sin que el partido comunista y los obreros hayan podido mover un dedo. Pero esto no es más que la preparación de lo que vendrá más tarde: entre tanto, esto permite reforzar a la «derecha» del Kuomintang e intimidar a los comunistas y a la supuesta ala «izquierda». En efecto, aunque Chiang se excusa por este «malentendido» y promete castigar a los responsables, tiene a Cantón en su poder y logra desarmar y desorganizar a los obreros. Es en esta posición de fuerza que Chiang convoca para el 15 de mayo al Comité Ejecutivo Central del Kuomintang, no sin antes hacer correr el rumor de un «complot comunista» para así atraer a la medrosa burguesía china. En la reunión del 15 de mayo, Chiang propone una «reforma» del Kuomintang en la que pide al P.C. chino: 1) «no criticar ni mantener ninguna duda hacia el Doctor Sun Yat-sen ni hacia sus principios; 2) «entregar la lista de sus militantes inscritos en el Kuomintang»; los comunistas son además declarados inelegibles a los cargos de dirección del gobierno y del ejército, y en todas las instancias de los comités del Kuomintang son limitados al tercio de todos sus efectivos, por último los miembros del Kuomintang no pueden adherirse a ninguna otra organización (c.f. H. Isaacs, op. cit., p. 131).

Pero la política de total sumisión del P.C. chino al partido burgués era tan vergonzosa que algunas críticas se pronunciaron en su contra en el seno del partido, y en junio de 1926 el Comité Central mismo fue obligado a proponer a la Internacional devolver al P.C.C su autonomía con respecto al Kuomintang y de abandonar la política de sumisión a este, a favor de un bloque de dos. Esto quería decir que no se rechazaba la alianza con la burguesía y con su partido, sino que se aliaba a ella pero conservando su independencia. La Internacional rechazó esta proposición, igual que la de organizar fracciones de izquierda en el seno del Kuomintang. El estalinismo, que ya se había adueñado del Estado ruso y de la Internacional, concebía un rol para los comunistas chinos tal como ya aparecía en la pintoresca frase de Borodine, consejero de Moscú para sus relaciones con Chiang: «El período actual es un período en que los comunistas deben hacer el trabajo de los culíes para el Kuomintang» (Todos estos hechos serán revelados varios años después por Chen Tu-siu, secretario general del P.C. chino hasta agosto de 1927, en su «Carta a todos los miembros del P.C.C.» – documento reproducido en «La question chinoise dans la I.C., p. 223 s.).

Durante ese tiempo, en Cantón, la ciudad que según Stalin se había convertido en el «centro de la revolución china», ocurrían sucesos que mostraban claramente cuál era la naturaleza del «frente revolucionario». En julio de 1926, pocos días después del comienzo de la expedición contra el Norte, supuestos representantes de una «Unión sindical provincial» comenzarán a atacar, con la anuencia de las autoridades, las sedes de los sindicatos obreros, a destruir sus organizaciones y en algunos casos a masacrar a sus jefes. Es una técnica bien conocida que ha sido igualmente utilizada por el fascismo italiano en su tarea de represión del movimiento proletario (ver en esta misma revista «El Partido Comunista de Italia frente a la ofensiva fascista»); y Chiang Kai-Chek la utilizará luego constantemente. Los obreros debían necesariamente defenderse, y durante varios días hubo violentos combates en las calles de Cantón. Las autoridades nacionalistas finalmente intervendrán, pero solamente para desarmar a los obreros, imponer el arbitraje obligatorio y prohibir toda huelga durante la campaña del Norte. Los beneficios obtenidos en Cantón, que habían sido arrancados por los obreros durante largas y duras luchas, fueron completamente liquidados, y el sistema de contratos, que era una verdadera plaga para el proletariado chino, fue hasta restaurado.

En los campos de Kuangtung, el Kuomintang desató una represión despiadada contra el movimiento campesino. Las «uniones campesinas», que hasta ese momento se habían desarrollado a un ritmo sorprendente, fueron disueltas, sus miembros y jefes arrestados, las tierras que los campesinos habían confiscado devueltas a sus dueños, y pese a que eran unas de las reivindicaciones del Kuomintang, las medidas para reducir en un 25% el precio de los alquileres, jamás se adoptaron. Adonde llegaba el ejército nacionalista, la misma política de represión era practicada tanto contra los obreros como contra los campesinos. En las aldeas, se destruían las organizaciones campesinas y sus sedes eran devastadas, a los campesinos se les impedía armarse contra los terratenientes, mientras que el ejército nacionalista les negaba todo apoyo. En las ciudades se utilizaban los mismos métodos contra los obreros: se destruían sus organizaciones sindicales rojas y se las remplazaba por sindicatos «moderados» de obediencia burguesa, mientras que a las huelgas se les declaraba ilegales y se prohibía a los obreros la posesión de armas. El gobierno «revolucionario» de Cantón también intervino en la huelga del boicot de mercancías extranjeras, y el 10 de octubre de 1926 se llegó a un acuerdo con el cual esta gigantesca huelga se terminaba espontáneamente sin que ninguna de las reivindicaciones de los obreros fuese satisfecha. El sabotaje abierto de esta magnífica lucha obrera debía naturalmente servir a reconciliar a la burguesía china con el capital imperialista mundial. Finalmente, en diciembre de 1926, el general Li Chi-chen instauró una verdadera dictadura militar, sometiendo a los obreros a la ley marcial.

Mientras que estos eventos se desarrollaban en la gran ciudad del Sur, la campaña contra el Norte continuaba y las victorias del ejército nacionalista se sucedían, gracias precisamente al apoyo del potente movimiento obrero y campesino que los comunistas se empeñaban en someter a los intereses del Kuomintang. En la ola de avance del ejército de Chiang, los campesinos se rebelaban y se organizaban, los obreros hacían lo mismo. De acuerdo a algunos datos fragmentarios, en 1926 hubo 525 huelgas frente a 318 en 1925 y las organizaciones sindicales conocerán un crecimiento sin precedentes. Tanto en los campos como en las ciudades, las masas se sublevarán y expulsarán a los militaristas facilitando, e incluso superando, las victorias del ejército, pero en ningún caso el Partido Comunista trató de ponerse a la cabeza de estas rebeliones espontáneas para sustraerlas de la influencia burguesa; más bien se esforzó en frenarlas, deplorando los «excesos» de los campesinos y las «exageradas» reivindicaciones de los obreros, que podrían «atemorizar a la burguesía y poner en peligro la unidad del frente nacional». (Ver el Informe del C.C. del P.C.C. con fecha del 13 de diciembre de 1926, que fue reproducido en la abrumadora «Carta de Shanghai» enviada a Moscú por tres jóvenes delegados de la I.C., c.f.: «La question chinoise dans la Internationale Communiste», p. 52). Es así como, en diciembre de 1926, el Partido Comunista saboteó la huelga de Wuhan, en la que participaron 300 mil obreros. Este se inclinó incluso delante de la represión desenfrenada invitando a las masas a «limitar su movimiento» en nombre de la unidad con la burguesía. Esta táctica era dictada por la Internacional, sometida a partir de allí a los intereses del Estado ruso. Eran estos intereses nacionales que hacían necesario el sacrificio del proletariado chino en el altar de la unidad nacional (unidad que debía permitir aumentar la influencia de Rusia en China y de golpear a la potencia inglesa en Asia), del mismo modo que en el mismo año 1926, la gran huelga de los mineros ingleses era sacrificada con el fin de obtener acuerdos favorables al comercio ruso.

La Internacional tenía una concepción completamente inversa del proceso revolucionario en China. Cuanto más los hechos demostraban lo absurdo de su política, más la burguesía se revelaba abiertamente contrarrevolucionaria, más ella reprimía abiertamente al movimiento obrero y campesino, y más Stalin y la Internacional entonaban el himno a «la unidad de las fuerzas revolucionarias en China», e imponían al partido preservar a toda costa esta unidad. Mejor todavía, el Kuomintang, que en 1923 y 1924 todavía era reconocido como un partido burgués que los comunistas debían solamente apoyar, se convirtió entre 1925 y 1926 en «un partido obrero y campesino», «el partido de los obreros y campesinos chinos», «el partido capaz de realizar la liberación de los campesinos y vencer la dominación imperialista», «el centro de la revolución»; y el gobierno del Kuomintang fue definido como el «poder unitario de los obreros, campesinos y la burguesía», (preludio al «bloque de cuatro clases» de Mao) e incluso como «un gobierno semejante al poder soviético».

Citemos algunos documentos: el 26 de diciembre de 1925 (es decir pocos meses después de la represión contra los obreros y la destrucción de sus organizaciones, y en el instante mismo en que la represión arreciaba en Kuangtung), Stalin declara en el XIV° Congreso del partido bolchevique:

«A nuestro partido le incumbe la grandiosa tarea histórica de dirigir la primera revolución proletaria victoriosa del mundo... Estamos convencidos que el Kuomintang (es decir el partido de la burguesía, NdA) logrará jugar el mismo papel en Oriente y de allí destruir los fundamentos de la dominación imperialista en Asia... si el Kuomintang refuerza la alianza de la clase obrera y del campesinado en la lucha actual y se admite que debe alinearse con los intereses de estas dos fuerzas fundamentales de la revolución». ¡En otras palabras, Stalin no encontraba mejor defensor de los intereses proletario y campesino en China que en la gran burguesía china! Siempre en 1925, Stalin declara que en las colonias y semi-colonias, el bloque nacional revolucionario (que puede asumir la forma de un partido único, partido obrero y campesino, tipo Kuomintang» (Discurso a los estudiantes de la Universidad Comunista de los Trabajadores del Oriente, 18 de mayo de 1925). El VI° Ejecutivo de la Internacional Comunista reunido en febrero-marzo de 1926 afirma: «El Kuomintang representa un bloque revolucionario de obreros, campesinos, intelectuales y la democracia urbana sobre la base de intereses de clase comunes a estas diversas capas en el combate contra los imperialistas extranjeros». Y esto en el preciso momento en que ya se habían dado brillantes ejemplos de la manera en que la «democracia urbana», es decir la burguesía, comprendía sus intereses «comunes» con los obreros y campesinos.

A finales de 1925, el órgano central de la Internacional había comunicado a sus secciones que ¡«un gobierno Kuomintang completamente semejante al sistema soviético ha sido constituido, el 10 de julio de 1925, en Cantón»! En octubre de 1926, los dirigentes moscovitas envían un telegrama al Partido Comunista Chino donde sugieren no exasperar las luchas campesinas a fin de no alejarse de los generales que guían los ejércitos en su marcha victoriosa hacia el Norte. Y las tesis de Stalin-Bujarín en el VII° Ejecutivo ampliado de la Internacional en noviembre de 1926 declaran abiertamente que «el abandono progresivo de la revolución por la gran burguesía es históricamente inevitable», sosteniendo al mismo tiempo que «esto no significa que la burguesía en tanto que clase esté totalmente descartada de la lucha por la independencia nacional ya que, al lado de la pequeña y mediana burguesía, durante cierto tiempo puede aún marchar con la revolución» y: «el proletariado debe, por supuesto, utilizar ampliamente a las capas de la burguesía quienes, a la hora actual, colaboran activamente con la lucha revolucionaria contra el imperialismo y el militarismo» (ver Tesis del VII° Ejecutivo ampliado de la I.C., «La question chinoise...», p.p.. 36-37).

En la misma sesión, el delegado del Partido Comunista Chino declaró sin mucho estrépito: «Hemos sacrificado prácticamente los intereses de los obreros y campesinos. El gobierno ni siquiera ha promulgado ley alguna sobre los sindicatos... El gobierno no ha aceptado las reivindicaciones campesinas que les habíamos presentado en nombre de las diversas organizaciones públicas. En los conflictos que han estallado entre grandes propietarios y campesinos pobres, el gobierno siempre ha defendido a los primeros», (reproducido en el artículo de Trotsky: «La revolución china y las tesis de Stalin», ver «La cuestión china en la Internacional Comunista, p. 149). ¡Esta declaración, que hacía eco a las tesis de Stalin, mostraba claramente de qué manera la burguesía china «colaboraba activamente con la lucha revolucionaria»! Pero, ni este testimonio, ni el hecho de que, desde febrero de 1926, el ejército nacionalista del Kuomintang había desencadenado la represión abierta contra el movimiento campesino, impedirán a Stalin afirmar, a finales de noviembre de 1926, hablando de la campaña contra el Norte, que «el avance de las tropas de Cantón es un golpe asestado al imperialismo y a sus agentes en China. Significa la libertad de prensa, de asociación para todos los elementos revolucionarios chinos en general, para los obreros en particular. (...) [El gobierno de Cantón] es el embrión del futuro poder revolucionario en toda China... este poder es y no puede ser sino un poder anti-imperialista... ». (Discurso en la comisión china del Comité Ejecutivo de la I.C. C.f.: «La question chinoise...», p.p. 21-23).

Revuelta y masacre en Shanghai

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Hemos rememorado la obra del gobierno de Cantón, que se distinguió particularmente en su represión del movimiento de masas; también hemos aludido las posiciones tomadas por Stalin y por la Internacional degenerada que elogiaba ese gobierno en el instante mismo en que aplastaba al proletariado. Queda por añadir que, a finales de 1926, la Internacional acogió el Kuomintang como partido «simpatizante», y ello pocos meses antes de que sus tropas comenzaran a masacrar a los obreros de Shanghai.

Shanghai era la ciudad industrial y comercial más importante de China, y su proletariado era particularmente combativo. El avance del ejército cantonés hacia el norte había puesto en movimiento a los obreros organizados en los sindicatos dirigidos por el Partido Comunista. Cuando el ejército nacionalista llegó a las cercanías de la ciudad, para apoyarlo, el Consejo General de los sindicatos proclamó una huelga general en la cual participarán alrededor de 350 mil trabajadores. Era el 19 de febrero de 1927. Las tropas del general que gobernaba Shanghai reprimirán ferozmente la huelga y las tropas del Kuomintang recibirán la orden de no avanzar hacia la ciudad en socorro de los huelguistas.

El Partido Comunista, en su posición de sumisión a la burguesía y al Kuomintang fue incapaz de tomar iniciativa alguna. Del 21 al 24 de febrero, en las calles se desarrollarán furiosos combates, ¡mientras que el ejército nacionalista acampaba a una distancia de apenas cincuenta millas! El 21 de marzo fue proclamada una nueva huelga general; esta vez los planes de insurrección fueron organizados de forma precisa, y luego de largos combates los obreros tomarán el poder en la ciudad, mientras que el ejército permanecía estacionado en Lunghua, en la periferia misma de Shanghai. La intención de Chiang era clara: esperar que los obreros fueran vencidos y masacrados por las tropas de los militaristas, y luego intervenir. Chiang había dado órdenes precisas a los generales al respecto, y si los obreros resultaron vencedores, no se lo debieron sino a la fuerza del movimiento y a su heroico coraje.

Dado el rango de importancia que tenía la ciudad en la vida económica de China, un poder proletario en esta ciudad habría automáticamente dado, con el desarrollo que tomaba el movimiento revolucionario obrero y campesino, un significado radicalmente anti-capitalista a la dirección de la revolución china. Al contrario, los obreros y el Partido Comunista, quienes tenían el poder, lo cederán a Chiang Kai-Chek, recibido en Shanghai como el jefe indiscutible de la revolución china. Respetando las directivas de Moscú, el Partido Comunista se sometió al Kuomintang y dejó en sus manos al magnífico movimiento proletario. Chiang Kai-Chek comenzó por desalojar a los comunistas de todos los puestos de dirección importantes para remplazarlos por sus propios hombres; luego pasó a la franca represión.

El 12 de abril de 1927, destacamentos especiales del ejército unidos a elementos del subproletariado urbano, atacarán por sorpresa y según planes precisos las sedes de las organizaciones obreras, arrasándolas y matando a todos los que se encontraban allí. Los obreros, cogidos por sorpresa, resistirán heroicamente con las pocas armas de que disponían, pero al final debieron ceder. En la noche de ese mismo día, los sindicatos dejaron de existir, centenares de obreros, junto con los dirigentes comunistas que no se habían escondido, fueron asesinados.

Al día siguiente, según el procedimiento ya experimentado por Chiang, los sindicatos fueron reorganizados sobre «nuevas» bases, es decir, puestos bajo la autoridad de la peor gentuza de los bajos fondos de Shanghai disfrazados de «obreros moderados». El 13 de abril, a pesar de todo, el Consejo General de Sindicatos, dispersado y perseguido, proclamó la huelga general. Pese a la terrible situación, cien mil obreros responderán al llamamiento.

Esta fue la última y heroica oleada de una batalla perdida. La burguesía china, los terratenientes que vivía con la angustia de una rebelión campesina, el imperialismo internacional, aclamarán a Chan Kai-Chek y su ejército como sus salvadores, los que lograrán librarlos del «terror rojo». Y Stalin y la Internacional fueron obligados a admitir que, a quien habían presentado a las masas como el campeón de la revolución nacional, se había convertido, de la noche a la mañana, en un feroz reaccionario a sueldo del imperialismo mundial.

La vía del internacionalismo

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Pasaron meses y meses en que la oposición rusa, reparando sus graves errores que la llevaron a compartir la responsabilidad de la política del frente único político y del «gobierno obrero» adoptada por la Internacional, se batió con todas sus fuerzas para que se le devolviera al Partido Comunista Chino su independencia programática, política y organizativa, en el cuadro de la lucha por la independencia nacional, y para que se otorgara a los obreros y campesinos que se habían arriesgado a librar una batalla épica la consigna no sólo de armarse, sino de constituir los soviets.

La misma había previsto, conforme a las tesis del II Congreso de la I.C. y a las del Congreso de los Pueblos de Oriente de Bakú, el carácter inevitable no solamente de una escisión, sino también de un conflicto violento entre las alas burguesa y proletaria del movimiento nacional. El 3 de abril (de 1927, NdR), en un artículo que la censura estaliniana arrojó a la basura, Trotsky había predicho esta ruptura, así como el paso de la burguesía del Kuomintang a la represión armada contra el movimiento obrero y campesino; la China iba a recorrer el mismo calvario que Polonia, fascistizada por el partido social-nacionalista: «Si al Pildsuski polaco le costó tres décadas para completar su evolución, al Pildsuski chino le llevó mucho menos tiempo para pasar de la revolución nacional al fascismo nacional... Un partido comunista entorpecido, sirviendo de sargento reclutador para el Kuomintang, abre la vía a una dictadura fascista en China, para que un día no muy lejano el proletariado chino, pese a todo, sea obligado a retirarse del Kuomintang... Llevar los obreros y campesinos al campo de la burguesía y entregar el Partido Comunista al Kuomintang como rehén, eso es una política que equivale objetivamente a una traición. El Kuomintang, bajo su forma actual, es la concretización de un «tratado desigual» establecido entre la burguesía y el proletariado. ¡Si la revolución china en cuanto tal pide la abolición de los injustos tratados con las potencias imperialistas, entonces el proletariado chino debe liquidar el tratado que lo liga a su propia burguesía!» (itálicas nuestras, c.f. H. Isaacs, op. cit., «La tragedia de la Revolución china», p. 204).

Esta advertencia, y la consigna correspondiente, no venía de un don «profético» en particular, sino de un análisis marxista, científico, de las relaciones de clase. En las tesis de la oposición redactadas el 7 de mayo de 1927 para la reunión plenaria de la Internacional, el mismo Trotsky explicaba que esta posición era puramente marxista y no una tonta «indiferencia» hacia las luchas anti-imperialistas de independencia nacional, ni tampoco desconocía estúpidamente las fuerzas y las relaciones de clase que se mueven allí: «Una política que ignorara la potente presión ejercida por el imperialismo sobre la vida interior en China sería completamente falsa, pero no menos falsa sería una política que partiera de una idea abstracta de la opresión nacional, sin conocer su impacto en las clases... China es un país oprimido, semi-colonial. El desarrollo de sus fuerzas productivas se efectúa bajo la forma capitalista, exige la liberación del yugo imperialista. La guerra de independencia nacional es una guerra progresiva; primero, porque ella se desprende de las exigencias del progreso económico y moral del país, y segundo, porque facilita el desarrollo de la revolución proletaria inglesa y universal (Precisamente en ese momento se propagaba la potente huelga de los mineros británicos, NdA). Pero esto no significa que el yugo imperialista sea un yugo mecánico que se ejerce con «igual» peso sobre «todas» las clases en China. El rol enorme que juega el capital extranjero en la vida de estos países ha determinado que algunas categorías muy importantes de la burguesía, la burocracia y la casta militar hayan atado su destino al del imperialismo. Sin ello, no se podría comprender el rol colosal de los militaristas en la China moderna... Sería una ingenuidad más creer que, entre la burguesía ‘compradora’, es decir, los agentes económicos del capitalismo extranjero en China, y la burguesía «nacional» haya un abismo. Al contrario, es incomparablemente mayor la proximidad de estas dos categorías entre sí que entre la burguesía y las masas obreras y campesinas. La burguesía ha participado en la guerra nacional como un freno interior, lanzando continuamente miradas hostiles a los obreros y campesinos, siempre lista para un compromiso con el imperialismo» (Trotsky, «La revolución china en la Internacional Comunista», ver «La question chinoise...», pp. 141-142).

Una ardiente batalla

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Incapaz de plantear los problemas en términos de clase, el estalinismo ahora dominante consideraba al contrario los diversos componentes sociales del movimiento nacional en China desde el punto de vista mezquino de un maquiavelismo miope: «servirse» de la burguesía «nacional» como un utensilio, y luego «arrojarlo a la basura», agarrarse a sus talones y un buen día hacerle una zancadilla, igual que un general que disponiendo sus tropas en el campo de batalla las manipulara de acuerdo a su voluntad.

El 5 de abril, pocos días antes de la masacre de Shanghai, delante de tres mil funcionarios del partido, Stalin todavía decía: «Chiang Kai-Chek tal vez (!!!) tenga poca simpatía por la revolución, pero está a la cabeza del ejército y no puede hacer otra cosa que conducirlo contra los imperialistas. Además, la gente de la derecha tiene contactos con los generales de Chiang Tso-lin (señor de la guerra del Norte, NdA) y saben muy bien cómo hacer para desmoralizarlos y persuadirlos para que pasen con todos sus bártulos del lado de la revolución (!!!). También tienen relaciones con los ricos comerciantes, a los que pueden sacarle plata (¡como si la revolución se circunscribiese a una cuestión de dinero!, NdA); es así como hay que utilizarlos, exprimirlos como un limón y luego arrojarlos a la basura» (H. Isaacs, op. cit, p. 205-206). Verlo así era ver las relaciones de clase como lo hace un niño: poco tiempo pasó para que los eventos de Shanghai mostraran quién «exprimía el limón» y quién era el «exprimido»; sin embargo, lo importante es que los marxistas deben saberlo de antemano y no «aprenderlo» al precio de una derrota sangrienta; deben desde el comienzo saber claramente cuáles serán las posiciones que, en el fuego de la batalla, tomará cada fuerza social, y actuar consecuentemente. Durante el Pleno de mayo-junio de 1927, Stalin y Bujarín se «consolarán» del baño de sangre proletario en Shanghai, proclamando: «El Comité Ejecutivo de la Internacional constata que el curso de los acontecimientos ha confirmado totalmente el pronóstico del VII° Ejecutivo ampliado (noviembre de 1926) en cuanto a la inevitable deserción burguesa del frente único nacional-revolucionario y su pase hacia la contra-revolución». (Resolución sobre la cuestión china en la I.C., adoptada por el Pleno del C.E. de la I.C., junio de 1927 - «La cuestión china en la I.C.», p. 209). El mismo Trotsky replicará que no basta con prever la ruptura entre la burguesía y las masas proletarias en el curso de las revoluciones nacionales; lo que sí hay que saber de antemano es que la burguesía hundirá su puñal sobre el proletariado, se lanzará en armas contra él, y antes que la revolución se le escape, tratará de ahogarla en sangre. Decir que la burguesía debe necesariamente cortar los puentes con la revolución nacional, es una cosa completamente diferente a decir que ella no puede dejar de apoderarse de la dirección del movimiento revolucionario y del proletariado, engañar y además desarmar a la clase obrera, abandonarla a la derrota y a la masacre.

Entre la política de la Internacional estalinizada y aquella que había sido trazada en las tesis del II° Congreso, mediaba el mismo abismo que existía entre mencheviques y bolcheviques: «Es un lugar común predecir que la burguesía se apartará de la revolución, a menos que se vean las repercusiones... En práctica, la política del menchevismo en la revolución consiste en conservar el frente único, a toda costa y el mayor tiempo posible, aunque tenga que adaptar su política a la de la burguesía. Por el contrario, el método bolchevique consiste en apartarse completamente tanto en política como en organización de la burguesía; en desenmascararla sin piedad, desde el mismo comienzo de la revolución; en destruir todas las ilusiones de la pequeña burguesía sobre la unidad respecto a la burguesía; en combatir sin descanso por arrebatarle a la burguesía la dirección de las masas; expulsar del Partido Comunista, sin muchos miramientos, a todos aquellos que siembren vanas esperanzas en la burguesía o la idealicen» (Trotsky, «La revolución china y las tesis de Stalin», 7 de mayo de 1927, reproducido en «La cuestión china...», p.p. 151-152).

Por supuesto que sirviéndose del arma, tanto cínica como idiota, de la adulación o del halago, se puede retardar la hora de la ruptura con la burguesía; pero de ese retardo es ella quien utilizará esta arma contra el proletariado. Cuando la revolución doble haya llegado a la fatal encrucijada, las dos clases fundamentales de la sociedad no se despedirán la una de la otra, y partirán cada una de su lado: una de las dos atacará a la otra, si no es el proletariado quien se las cobra a la burguesía, será la burguesía quien lo hará. Y lo hará mucho más fácilmente, puesto que goza de la superioridad que le otorgan sus privilegios económicos y políticos; y aumentarán más todavía sus probabilidades de éxito si la clase dominada no está preparada para ello – con mucha más razón si esta última ha contribuido con su propia sumisión (o la de su partido) a mantener sólidamente en el poder a la clase dominante.

El primer acto de la revolución china se había zanjado con este olvido de las lecciones de 1848, 1871 y 1917 y de las precauciones a tomar sugeridas en el Mensaje a la Liga de los Comunistas de Marx y Engels (1850): «La traición a los obreros [por parte del partido de la burguesía democrática, su antiguo aliado] comenzará desde los primeros momentos de la victoria». La historia querrá que el proletariado de Shanghai y Cantón sea condenado a recorrer hasta el final, etapa tras etapa, el sangriento calvario de la Internacional que volvía a caer en lo peor, en el más feroz y obtuso de los menchevismos con nuevo ropaje: ¡el estalinismo!

La masacre de los obreros de Shanghai había mostrado una vez más que la burguesía china no podía marchar al lado del proletariado en la revolución nacional. Las tesis de Lenin y del II Congreso de la Internacional habían sido confirmadas trágicamente por la sangre de miles de proletarios y campesinos pobres. Obligada a elegir, la burguesía china se había aliado a los imperialistas contra los proletarios.

A partir de ese momento, todo esto estaba claro para todos y exige que, ahora al menos, el Partido Comunista, después de haber recuperado su independencia programática y organizativa, proclame la ruptura abierta con la burguesía y se ponga a la cabeza de las masas. Esto era lo que reclamaba, desde 1925, la oposición rusa reagrupada alrededor de Trotsky. Los hechos habían confirmado plenamente sus críticas y su pronóstico sobre la progresión de la revolución. En realidad, no existía sólo una vía posible: o bien el movimiento de masas se sometía a la dirección del proletariado y de su partido comunista, o bien era reprimido por la burguesía contrarrevolucionaria. O bien se marchaba hacia la revolución y la dictadura proletarias, o bien la misma revolución nacional no podría realizarse.

Aparece el «Kuomintang de izquierda»

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Pero la Internacional ya estaba dominada por los intereses burgueses nacionales personificados por el estalinismo, y estos intereses exigían que se buscase un aliado en China para contrabalancear la influencia inglesa. Sólo un poder de Estado podía estar aliado al Estado ruso, al cual el proletariado chino no daría ninguna seguridad desde el punto de vista de la diplomacia y del comercio. Es por esto por lo que la masacre de Shanghai no produjo ningún cambio en la táctica impuesta por Stalin a los comunistas chinos. Chiang Kai-Chek y una parte de la burguesía habían «traicionado»; la Internacional lo admite sosteniendo incluso que eso estaba ya previsto, aun cuando hasta la víspera misma del holocausto nada parecido había sido dicho.

Pero el reconocimiento de esta traición no significaba para Stalin que el proletariado chino debiera por fin recobrar su autonomía y denunciar su alianza con la burguesía; al contrario, esta alianza debía reforzarse. ¿La «derecha» del Kuomintang había traicionado la revolución? Muy bien, pero no contaban con que había una «izquierda» que, renegando de Chiang, se había constituido en gobierno secesionista en Wuhan. Según las propias palabras de Stalin, este último se proclamó como el «verdadero centro de la revolución» y ¡era a él al que los comunistas debían unirse! Puesto que Chiang Kai-Chek, después de haber destruido el movimiento proletario en Shanghai, se había instalado en Nankín, donde se constituyó como gobierno apoyado por el ala «derecha» del Kuomintang, el gobierno de Wuhan que se apoyaba en el ala «izquierda» debía recibir todo el apoyo del Partido Comunista chino. Pero, ¿existía realmente una fractura en el seno de la burguesía china? La oposición rusa lo negaba por muchas razones; lo que había era una división en las tareas; o como mucho, una diferencia de apreciación para decidir si era oportuno romper inmediatamente con las masas proletarias y campesinas que ya le mostraban las pezuñas, o si había que utilizarlas durante un tiempo a fin de asegurar a la revolución nacional la base más amplia posible.

En todo caso, se trataba de una divergencia en la apreciación del «momento»: el ala «derecha» había entendido que una revolución puramente democrático-nacional era imposible por el mismo hecho de la existencia de un vasto movimiento de masas, y de que ella se había aliado al imperialismo para reprimirlo; el ala «izquierda» esperaba poder apoyarse primero sobre el movimiento de masas, aunque después tenga que reprimirlo, una vez haya sido alcanzada la unidad e independencia del país. La «izquierda» que, por otra parte, había apoyado a Chiang, todo lo que le reprochaba era haber roto su alianza con el proletariado muy precipitadamente, provocando así una interrupción del movimiento nacional. Ahora agita el señuelo de la reforma agraria. Darle confianza, advertía Trotsky, significaba «entregar voluntariamente su cabeza al matadero: entonces la sangrienta lección de Shanghai no ha servido de nada. Los comunistas, tal como en esa oportunidad, se transformarán en guardianes del rebaño para el partido de los matarifes burgueses» ... «La revolución agraria es una cosa seria. Los políticos como Wuang Ching-Wei (representante de la «izquierda del Kuomintang, NdA), a la menor dificultad se unirán diez veces más a Chiang Kai-Chek que una vez a los obreros y campesinos» (c.f. H. Isaacs, op. cit., p. 242).

En sus tesis sobre «Los problemas de la revolución china», (21 de abril de 1927), Stalin afirmaba textualmente lo contrario: «El golpe de Estado de Chiang Kai-Chek significa que, de ahora en adelante, habrá en China del Sur dos campos, dos gobiernos, dos ejércitos, dos centros: el centro de la revolución (¡!) en Wuhan y el centro de la contra-revolución en Nankín... Esto significa que el Kuomintang revolucionario reunido en Wuhan para combatir resueltamente al militarismo y el imperialismo, se convertirá por este hecho en un organismo de la dictadura revolucionaria del proletariado y el campesinado... Debemos adoptar una política de concentración de la totalidad del poder en manos del Kuomintang revolucionario, del Kuomintang sin sus elementos de derecha, del Kuomintang como bloque de su ala izquierda y de los comunistas. Ello implica que la política de estrecha colaboración entre la izquierda y los comunistas dentro del Kuomintang adquiere una fuerza y una significación particulares... y que, sin esta colaboración, la victoria de la revolución es imposible» (itálicas nuestras, c.f. parcial H. Isaacs, op. cit., p. 237).

De acuerdo a esta lógica, la resolución de Stalin-Bujarín confiaba la realización de la reforma agraria al gobierno del Kuomintang «de izquierda» (en el cual dentro de poco entrarán dos comunistas que van a ocupar los puestos claves de la agricultura y la industria), y afirmaba una vez más la necesidad de asegurar a un gobierno de este género todo el apoyo de un gran movimiento de masa. Es verdad que, tal vez para calmar la violenta reacción de la oposición rusa, Stalin compensaba la capitulación delante de la pequeña burguesía supuestamente revolucionaria, pidiendo que se armara a los obreros y campesinos quienes por este hecho se convertirían en «el principal antídoto a la contra-revolución»; pero afirmaba explícitamente que no se debería proceder a la creación de soviets obreros y campesinos, ya que no era posible sino después que la revolución agraria se cumpliese... gracias al supuesto gobierno revolucionario de Wuhan.

Trotsky replicó con un vigor extraordinario: «Armar a los obreros y campesinos es una cosa excelente, pero tenemos que ser lógicos. En China del Sur los campesinos se encuentran ya en armas. Son los pretendidos ejércitos nacionales. Lejos de ser "el antídoto a la contra-revolución", ellos han sido su instrumento. ¿Por qué? Porque la dirección política, en lugar de organizar a las masas del ejército en soviets de soldados, se ha contentado con una copia superficial de nuestros departamentos y de nuestros comisarios políticos quienes, sin un partido revolucionario independiente y unos soviets de soldados, no son más que un camuflaje vacío del militarismo burgués

«Las tesis de Stalin rechazan la consigna de los soviets so pretexto de que este sería "el slogan de una lucha contra el gobierno del Kuomintang revolucionario". Pero entonces qué quiere decir la consigna: "el principal antídoto a la contra-revolución es el pueblo en armas"? ¿Contra quién, pues, se armarían los obreros y campesinos? ¿No sería contra la autoridad gubernamental del Kuomintang revolucionario? El pueblo en armas, si no es una frase vacía, un falso pretexto y un subterfugio, sino un llamado a la acción directa, sería tan contundente como la consigna de los soviets de obreros y campesinos. ¿Tolerarán realmente las masas armadas, encima o al lado de ellas, una autoridad burocrática gubernamental que les sea extraña u hostil?

«Armar al pueblo, verdaderamente y en las actuales circunstancias implica inevitablemente la formación de soviets. Declarar que el tiempo de los soviets no ha llegado todavía, y al mismo tiempo lanzar la consigna del pueblo en armas, es sembrar la confusión. Únicamente los soviets están en capacidad de transformarse en órganos susceptibles de entregar armas a los campesinos y obreros, y de dirigirlos, una vez armados» (c.f. H. Isaacs, op. cit., p. 239)».

La revolución agraria no será jamás llevada hasta el final por un gobierno pequeño-burgués, aunque sea de «izquierda». En la misma Plenaria de mayo de 1927, donde muy poco se dejó participar a la oposición rusa y donde los delegados extranjeros ni siquiera tuvieron derecho a leer sus tesis, el yugoslavo Vouyovitch declaró: «Si la hegemonía del proletariado no está garantizada, el gobierno de Wuhan no podrá llevar a cabo la revolución agraria. Y el único medio para obtener esta hegemonía del proletariado es no hacer concesiones a la pequeña burguesía, que oscila constantemente entre el proletariado y la gran burguesía, y que al final se pasará hacia el lado más fuerte, sino de organizar las fuerzas del proletariado y los campesinos y darles una forma de organización: los soviets; y esto no será posible si no sabemos mover a las grandes masas y si no las conquistamos en nombre del Partido Comunista. La revolución china, así como la revolución agraria en China no podrán vencer sino bajo la bandera de los soviets, bajo la bandera del leninismo».

Una vez más, los hechos debían confirmar la precisión de los pronósticos contenidos en cada página de los textos fundamentales del marxismo, ya que en la época en que ocurren estos hechos, pese a los frenos y ciertas oscilaciones, (y quienes jamás hemos ocultado nuestros juicios críticos acerca de los límites e insuficiencias de ésta, somos los primeros en afirmarlo) la oposición rusa libró una heroica batalla para defender, incluso por encima de ella misma, nuestra doctrina común, inscrita en caracteres de fuego en las obras de Marx y Engels y en los eventos del glorioso Octubre bolchevique.

Durante ese tiempo, en China, el famoso «centro revolucionario» demostraba a través de los hechos la exactitud de las tesis de Trotsky. Mientras que por un lado excomulgó oficialmente a Chiang, por el otro, no emprendió ninguna acción contra él, y es por esta incapacidad a la hora de actuar que se fue ganando poco a poco numerosos enemigos. Viendo que Chiang supo barrer a los comunistas, la burguesía alzó cabeza y se opuso firmemente a todas las reivindicaciones obreras, cerrando las fábricas y transfiriendo sus capitales a Shanghai. Cuando los trabajadores reaccionaron contra estos premeditados sabotajes, o se declaraban en huelga, empujados por sus terribles condiciones de vida (y más precarias aún debido a la situación), el gobierno, e incluso el consejo general de sindicatos dirigido por los comunistas, los tratarán de «contrarrevolucionarios» y, para no perder las simpatías de la burguesía, les pedirán renunciar a los «excesos».

La segunda «traición»

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En el campo, los terratenientes vieron en el golpe de Chiang la señal de la revancha, y comenzaron a oponerse al movimiento de los campesinos, organizando las famosas milicias patronales, los mint’van. Cuando los campesinos fueron a pedir ayuda al gobierno para resistir a esta banda de matones, este respondía deplorando los «excesos» del movimiento rural. Algunos generales se amotinarán y se pasarán al bando de Chiang Kai-Chek. Las grandes potencias europeas asediaban por mar a Wuhan y no le otorgaban ningún crédito. Mientras tanto, durante la primavera de 1927, en Hunan y Hupeh, el movimiento campesino llegaba a su apogeo: las asociaciones campesinas llegarán a reunir hasta 10 millones de agricultores. Las tierras de los terratenientes habían sido confiscadas y repartidas, los funcionarios corrompidos expulsados de las ciudades y los tribunales rurales instituidos para juzgar a los grandes propietarios. Pero el gobierno, al cual, como ya hemos dicho, se le habían incorporado en esa época dos comunistas, uno al ministerio del trabajo, y el otro al ministerio de la agricultura, no intervendrá más que para frenar las acciones espontáneas. ¡En realidad, todo el programa agrario del gobierno de Wuhan consistirá en mandar la reforma agraria a las postrimerías de la revolución nacional!

Los comunistas mismos jamás podrán dar ninguna orientación, ya que toda reforma agraria llevada seriamente equivaldría a atacar los privilegios de la burguesía, con la cual más bien se empeñaban en colaborar. El mismo ministro «comunista» de la agricultura hizo saber a los campesinos que sus excesos serían castigados, y que no había que tocar bajo ningún pretexto las tierras de los «oficiales revolucionarios». Pero, esto definitivamente significaba que ninguna propiedad debía ser expropiada, puesto que todos los propietarios eran, de una u otra manera, oficiales del ejército «revolucionario».

El gobierno se rehusaba a enviar tropas para defender a los campesinos hostigados por los mint-van las tropas de los generales rebeldes, pero tampoco les permitía armarse o utilizar las armas que poseían. El resultado de todo esto fue la entrega del movimiento a la represión que culminó con la masacre de Changsha, capital de Hunan, el 21 de mayo de 1927. Allí pasó lo mismo que pasó en Shanghai un mes antes, pero esta vez bajo las órdenes de un general «revolucionario» de Wuhan. Contra los muros de la ciudad, del 21 al 24 de mayo, día y noche, las matanzas de campesinos, hombres, mujeres y niños se sucederán sin tregua. Desde el mismo 21 de mayo, los campesinos al conocer estas masacres tratarán de responder organizando un ejército con las pocas fuerzas de que disponían para marchar sobre Changsha, adonde el enemigo tenía 1700 soldados. Sin embargo, a última hora, el Consejo general de sindicatos les da la orden de no moverse, ya que «el gobierno central (había) nombrado un comité de cinco personas... para resolver el incidente de Changsha» (c.f. H. Isaacs, op. cit., p. 287).

Los campesinos se retirarán, dando tiempo a Chiang Kai-Chek para enviar refuerzos a la guarnición de Changsha, mientras que arrestaba y devolvía a Wuhan a la «comisión investigadora».

A partir de entonces, la reacción se ensañará sobre Hunan y Hupeh, mientras que el gobierno de Wuhan se pone deliberadamente del lado de la represión. El 26 de junio, uno de sus representantes afirmaba: «Me di cuenta que los movimientos obreros y campesinos, inducidos al error por sus dirigentes, perdieron todo freno e iniciaron un reino de terror contra el pueblo... Ante este estado de cosas... los soldados acantonados en Hunan se han sublevado para defenderse a sí mismos...». (c.f. H. Isaacs, op. cit., p. 302). Precisamente en ese momento, el Pleno del Ejecutivo del Komintern que se reunía en Moscú retomaba las directivas de Stalin, invitando a los comunistas chinos a permanecer aliados al Kuomintang y a frenar el movimiento campesino valiéndose de la autoridad del partido, y contentándose con pedir vagamente que se juzgara y castigara a los contrarrevolucionarios. El mismo día de la masacre de Changsha, el órgano oficial del Komintern repetía, además, que «los obreros y campesinos pobres» eran «la base más fiable» del Kuomintang, y por tanto de la revolución china; ¡en realidad, antes fueron sus víctimas, y ahora pasan a ser sus instrumentos!

El primero de junio, un telegrama del Kremlin ordena al P.C.C.: 1) confiscar las tierras de los grandes y pequeños propietarios, pero sin tocar la de los oficiales; 2) parar la acción «demasiado vigorosa» de los campesinos; 3) hacer ingresar en el comité central del Kuomintang a nuevos elementos obreros y campesinos, para remplazar a los miembros ancianos; 5) organizar un tribunal revolucionario bajo la presidencia de una personalidad conocida por el Kuomintang para juzgar a los oficiales reaccionarios (c.f. «Carta a los camaradas», de Chen Touhsiou, secretario general del P.C.C. - «La cuestión china en la I.C.», p. 302). En total, una serie de directivas perfectamente contradictorias: apoyar al gobierno e incluso reforzarlo con nuevos elementos proletarios, y al mismo tiempo «organizar un nuevo ejército»; confiscar las tierras de los grandes y pequeños propietarios, pero evitar confiscar las de los «oficiales», como si estos últimos pertenecieran a una clase diferente; juzgar a los contrarrevolucionarios, pero en un tribunal presidido por un miembro del partido que les cobijaba en su seno.

El 28 de mayo, Trotsky completamente ignorante de estas disposiciones, pero presagiando lo que el reciente Pleno habría decidido, y previendo una salida dramática a la situación, dirigía una nueva carta al Ejecutivo de la Internacional: «El Pleno haría bien en anular la resolución de Bujarín y remplazarla por otra concebida de la siguiente manera: 1) los obreros y los campesinos no deben tener confianza alguna en los jefes del Kuomintang de izquierda, sino crear sus soviets con los soldados; 2) los Soviets deben armar a los obreros y campesino de vanguardia; 3) el Partido Comunista de guardar su total independencia, elaborar su propia prensa cotidiana, dirigir la tarea de organización de los Soviets; 4) todas las tierras de los propietarios terratenientes deben ser confiscadas inmediatamente; 5) la burocracia reaccionaria debe ser suprimida inmediatamente ; 6) los generales que han traicionado deben ser fusilados in situ; 7) de una manera general se debe ir hacia la instauración de una dictadura revolucionaria mediante la creación de consejos de obreros y campesinos».

Y en su discurso pronunciado el 1° de agosto delante del Comité Central y la Comisión de control del Partido ruso, dirá recordando la nueva «traición», la del Kuomintang de izquierda: «Comprendedme bien: no se trata de traiciones individuales de militantes chinos del Kuomintang, de soldados mercenarios chinos de derecha o de izquierda, de funcionarios sindicales ingleses, de comunistas chinos o británicos. Cuando se viaja en tren, se diría que es el paisaje el que se mueve. Todo el mal viene del hecho de haber confiado en gentes en las que jamás se ha debido confiar, y en haber subestimado la preparación revolucionaria de las masas, preparación que exige sobretodo infundir desconfianza hacia los reformistas y los diversos centristas "de izquierda", así como hacia toda mentalidad del justo medio. La virtud primordial del bolchevismo ha sido la de poseer esta desconfianza en grado supremo... mientras que vosotros actuáis y habéis actuado en una dirección diametralmente opuesta. Habéis inoculado a los jóvenes partidos comunistas la esperanza de que la burguesía liberal se desplazaría un poco más hacia la izquierda, además de la confianza en los políticos liberales de las trade-unions. Vosotros impedís la educación de los bolcheviques ingleses y chinos. ¡Es de allí de donde vienen estas "traiciones" que siempre os toman por sorpresa

No hubo de esperarse mucho tiempo para que los volvieran a coger desprevenidos: en junio de 1927 la represión hace estragos en toda China. Por todas partes, salvo en Wuhan, los sindicatos son reducidos a la clandestinidad. Los comunistas han sido expulsados del Kuomintang porque no han «respetado los acuerdos y han saboteado las acciones del frente nacional». Los comunistas son considerados como responsables de los «excesos» del movimiento agrario y del movimiento obrero. Es en tales circunstancias que los ministros «comunistas» ofrecen espontáneamente dimitir de sus cargos en el gobierno para «salvaguardar la unidad», y así lo hicieron . Todavía el 29 de junio, el órgano de la Internacional repite: «¿Quien llevará a cabo la reforma agraria? Por su pasado histórico, su estructura social, sus perspectivas de desarrollo, es el Kuomintang quien puede y debe ser transformado en un órgano de la dictadura democrática» (itálicas nuestras, La «Correspondance Internationale», 29-6-1927; c.f; H. Isaacs, op. cit., p. 314).

El 15 de junio, la reacción se desata sin ningún complejo ahora en Wuhan. El Consejo del Kuomintang, reunido en esa oportunidad exige a los comunistas dentro del Kuomintang abandonarlo. Los días que siguen, los sindicatos son atacados a mano armada. Pocos días después, Nankin y Wuhan intercambiaban telegramas de felicitaciones y decidían abandonar «todo sentimiento de hostilidad».

Así se terminaba el segundo acto de la tragedia del proletariado chino, sacrificado por el estalinismo en el altar de la unidad nacional.

Tercer acto de la tragedia : las revueltas de la «Cosecha de Otoño» y la Comuna de Cantón

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La sumisión del proletariado y del movimiento campesino a la burguesía personificada por el Kuomintang tuvo como consecuencia la destrucción física del movimiento revolucionario en China. La burguesía había demostrado una vez más que no era capaz de dirigir un movimiento revolucionario incluso de naturaleza nacional, sino a condición de que las clases más revolucionarias que ella se sometieran a sus mezquinos intereses; en caso contrario, previamente las masacrará. Los eventos de 1925-1927 habían demostrado punto por punto la falsedad de las tesis de Stalin y, por el contrario, confirmado la absoluta validez de las tesis de Lenin y de la I.C. Sobre la necesaria independencia programática y organizativa del proletariado en la revolución democrática. (C.f. Tesis del II Congreso de la I.C.). El estalinismo, es decir – repitámoslo una vez más – la contrarrevolución, que estaba destruyendo la dictadura proletaria en Rusia, había sacrificado al proletariado chino a los propios intereses ruso-nacionales. Luego de la traición del gobierno «revolucionario» de Wuhan, la represión y el terror blanco se abatieron sobre la China entera. Vale la pena reportar las informaciones de algunos testigos de la represión dirigida contra los obreros y campesinos por parte de aquellos que, según Stalin, han debido ser los jefes de la revolución. La «China Weekly Review» del 20 de agosto de 1927 escribía: «He aquí cómo se presenta la represión. Desde hace cuatro meses, en todo el territorio controlado por Chiang Kai-Chek, asistimos a una masacre sistemática. Ello ha significado la destrucción de las organizaciones populares en Quiangsi, en Chiquiang, en Fukien y en Kuangtung, aun cuando en estas provincias los cuarteles generales del Kuomintang, los movimientos obreros y campesinos, y las asambleas de mujeres, antes vigorosas y llenas de vida y resolución, se han convertido en instituciones sumisas y amorfas, tan efectivamente «reorganizadas» que las mismas no desean sino aplicar la voluntad de sus amos reaccionarios. Durante estos tres meses, la reacción que había arrancado desde el bajo Yangtsé hoy se ha extendido a todo el territorio bajo control supuestamente nacionalista... Fusilar y colgar son los métodos corrientes complementados ahora con la tortura y la mutilación que hacen recordar los horrores de la Inquisición y las épocas más sombrías de la Edad Media. Los resultados son impresionantes: las uniones campesinas y obreras de Hunan, probablemente las mejor estructuradas de todo el país, han sido aplastadas totalmente. Aquellos dirigentes que han podido escapar al aceite hirviendo, la hoguera o el garrote y a otros procedimientos demasiado siniestros como para ser reportados, han huido de la región o se encierran en escondites tan secretos que después no se les encuentra... (C.f. H. Isaacs, op. cit., p.p. 327-328).

Por su parte, el secretariado del sindicato General de los Países del Pacífico reportaba, el 15 de septiembre:

«Cada día nos trae el anuncio de una nueva ejecución de trabajadores, sindicalistas... El movimiento de masas ha sido aplastado, y todas las organizaciones obreras o campesinas se encuentran en camino de «reorganización», lo que en realidad significa que estas han sido desarticuladas, desorganizadas, y que las que quedan han sido sometidas a la autoridad de individuos a sueldo de los militaristas... En Kiukiang, así como en Wuhan, las organizaciones sindicales han sido disueltas, y sus responsables ejecutados. La tropa se ha adueñado de la mayoría de las casas sindicales y ha saqueado sus bienes, además de los documentos y archivos inestimables de estas organizaciones... Lo que ocurre en Wuhan es idéntico a lo que ocurrió en Cantón cuando el general Li Chi-Tsen se concentró en destruir, y luego «reorganizar» los sindicatos y las asociaciones campesinas; idéntico también a lo que pasó en Shanghai sometida al régimen de Chiang Kai-Chek» (H. Isaacs, op. cit., p. 328).

Pero la decapitación del movimiento (fuentes parciales indican que 25 mil proletarios comunistas y responsables obreros y campesinos fueron ejecutados) y la destrucción de las organizaciones obreras y campesinas no fue el único saldo obtenido por la reacción burguesa. La política de sumisión al Kuomintang en la que persistió durante tantos años alejó al Partido Comunista de las masas que se sintieron traicionadas por sus propios jefes, perdiendo también la confianza en las orientaciones comunistas. Los campesinos desertaban de sus organizaciones y se alejaban de la lucha política. Los obreros de las ciudades ya no se movilizaban ni siquiera por la defensa de sus intereses inmediatos. Abandonarán incluso al Partido Comunista. Aquel que en abril de 1927 contaba con sesenta mil miembros, de los que 63,8% eran obreros, y que debió admitir un año después que «no había quedado célula sana en el seno del proletariado industrial». (H. Isaacs, op. cit., p. 329). Los sindicatos controlados por los comunistas, quienes a comienzos de 1927 encuadraban 200 mil obreros solamente en Cantón, a finales de ese mismo año no contaban más de 20.000 adherentes, y se mostraban incapaces de lanzar una orden de huelga general. Con la destrucción física del movimiento vino entonces la desmoralización y la desconfianza de las masas de cara a los comunistas. Fue inmensa la estampida del movimiento.

Es en ese momento que Stalin dio a los comunistas la orden de sublevarse «volviendo a tomar la bandera del Kuomintang revolucionario». La responsabilidad de la derrota se hizo recaer sobre la dirección del Partido Comunista chino, el cual habría rechazado las orientaciones de Moscú. Varios dirigentes fueron remplazados y el partido, después de haber tenido en mano un movimiento con varios millones de hombres, que fue obligado a someterse a la burguesía (Kuomintang), y después de que este movimiento se disuelve, es empujado ahora a la insurrección. Fue así como Stalin arrojó los últimos vestigios de las fuerzas revolucionarias a la hoguera de una aventura desesperada.

Es interesante notar cómo, después de los trágicos eventos que hemos descrito, Stalin justificará una vez más la derrota sufrida por el proletariado sosteniendo que este «había cometido un grave error oponiéndose como fuerza autónoma a la burguesía, antes de que esta no se hubiese completamente desacreditado». La burguesía china se había desacreditado ya en Shanghai y con ello destruyó la fuerza organizada del proletariado y de los campesinos chinos. Pese a ello, la contra-revolución mundial encarnada en Stalin todavía reclamaba el sacrificio del proletariado chino, y lo hizo bajo la forma de una orden de «pasar al ataque» cuando la derrota era segura, cosa que no hizo y más bien proscribió toda insurrección cuando la victoria era posible. [Es exactamente esta política que la Internacional estaliniana impondrá al P.C. alemán en los años treinta: "dejemos a los nazis llegar al poder, con eso se desgastarán y desacreditarán, así será más fácil atacarlos", NdR].

A finales del año 1927, el Partido Comunista chino, cuya dirección había sido oportunamente «reorganizada» de acuerdo a las órdenes de Moscú, dio la señal de una serie de revueltas campesinas, nutridas con el desespero de las masas que sufrían una implacable represión, y que se conocieron con el nombre de «revueltas de la cosecha de otoño». Todas fracasarán inexorablemente y tendrán como resultado la destrucción de las últimas fuerzas revolucionarias del movimiento campesino. En Wuhan y otras ciudades, los comunistas tratarán en vano de sublevar al proletariado, pero en general ya no estaban ni siquiera en la capacidad de proclamar una huelga general, puesto que todos los sindicatos habían sido destruidos o «reorganizados». En Cantón, el 13 de diciembre, el Partido organizó una insurrección tratando de aprovechar un conflicto momentáneo entre varios generales y «señores de la guerra» que había alejado de la ciudad a las tropas del general Li Chi-shen. Las fuerzas del partido en Cantón oscilaban entre 3.000 y 4.000 combatientes, con un solo destacamento de cadetes de la academia militar de Wampoa. «La "fermentación revolucionaria" era tan intensa que los comunistas no se atreverán siquiera a lanzar una orden de huelga» (H. Isaacs, op. cit., p. 340). Todas las esperanzas de victoria dependían de un ataque por sorpresa a las tropas del Kuomintang, durante la noche. En consecuencia, por razones de seguridad, la insurrección fue adelantada del 13 al 11. En la noche del 10, los insurgentes atacarán diferentes puntos de la ciudad y después del mediodía tomarán una parte de esta y proclamarán la comuna... y constituirán un gobierno provisional, quien improvisadamente pudo imprimir un manifiesto que fue distribuido entre los obreros, «para hacer saber que la revolución se había por fin realizado» (c.f. H. Isaacs, op. cit., p. 343), y que las reivindicaciones del proletariado iban finalmente a ser satisfechas por el joven gobierno soviético. Pero la extraordinaria victoria de este puñado de combatientes heroicos llegaba demasiado tarde y se encontró con el reflujo del movimiento de masa. Las mismas consignas que, pocos meses antes, hubieran puesto en movimiento a centenas de miles de obreros, si estas hubiesen sido lanzadas cuando el movimiento se encontraba vigoroso, sólo recibirán el apoyo de una parte del proletariado cantonés, quien ya había sido destrozado. La proclamación de la Comuna no logró siquiera poner en huelga a los obreros, y serán más bien los lancheros y ferroviarios quienes trasladarán las tropas que aplastarán al gobierno revolucionario. En esta terrible situación, los comunistas lograrán sin embargo resistir hasta la tarde del 13 de diciembre, el asalto de fuerzas infinitamente superiores. El final del combate dio la señal de inicio de la represión general contra los obreros, que fueron fusilados, quemados vivos y decapitados por millares.

El comentario a esta tragedia de parte de la Internacional Comunista, de ahora en adelante sometida a los designios del Estado ruso, fue que ésta había sido «justa y necesaria», y que sólo hubo algunos «errores de dirección», de carácter local. En pocas palabras, toda iba de lo mejor, y el Partido Comunista chino «debía continuar la organización de nuevos levantamientos más amplios y victoriosos sobre la cresta de la nueva ola revolucionaria cuyo signo precursor había sido Cantón». (H. Isaacs, op. cit., p. 348-349). En realidad, con la Comuna de Cantón es todo un período revolucionario el que termina para el proletariado chino. La clase proletaria se había puesto en marcha a partir de 1920 y, con la masa de los campesinos pobres, había animado un movimiento revolucionario de enorme importancia; un movimiento que, bajo la dirección del Partido Comunista, hubiese podido vencer tanto al imperialismo mundial como a la burguesía china e imponer a la China su dictadura de clase. Pero este magnífico movimiento no alcanzó ese objetivo – lo que habría significado la reanudación del movimiento del proletariado a escala mundial – porque su fuerza había sido puesta al servicio de la burguesía china como consecuencia de la política de la Internacional Comunista ligada al Estado ruso, ya en vías de su total degeneración. El estalinismo ha vendido a los proletarios chinos a la burguesía, la burguesía aplastó al proletariado y ha logrado alcanzar una posición de fuerza que le permitirá aplastar al proletariado en todos los países.

No es por azar si 1927 es precisamente el año en que Stalin y sus esbirros liquidarán definitivamente la oposición de izquierda en Rusia. Lo que sigue después y el carácter mismo de la revolución china que terminará en 1949 con la constitución de un Estado nacional independiente, no se explican sino a la luz de los acontecimientos de 1925-1927. En efecto, la derrota del proletariado chino y la represión a la que fue sometido favorecerá la transferencia del movimiento revolucionario de la ciudad al campo. En el movimiento revolucionario que se desarrolló luego en China, va a desaparecer completamente el proletariado, distinguiéndose más bien como un movimiento pequeño-burgués y campesino, es decir, completamente encerrado en el cuadro de la revolución nacional burguesa. El partido que dirige ese movimiento aunque continúe llamándose Partido Comunista, no tiene nada de comunista: se ha convertido, según sus propias palabras, en el «verdadero Kuomintang», es decir, el verdadero representante de la burguesía y pequeña burguesía china.

La derrota del proletariado ponía al Partido Comunista chino delante de una sola disyuntiva: o el rechazo de la táctica seguida por la Internacional estaliniana y la reafirmación del carácter autónomo y dirigente del proletariado en la revolución nacional, o el abandono total de las posiciones proletarias y la continuación de la táctica que había llevado al proletariado a la derrota. El estalinismo había sometido el movimiento proletario a la dirección de la burguesía representada por el Kuomintang, y el Kuomintang lo había aniquilado. Se trataba más bien de aprender la lección de esta experiencia y de volver a la perspectiva del marxismo revolucionario de Lenin y del II° Congreso de la Internacional Comunista, a la perspectiva de la revolución doble: o bien organizar al proletariado comunista, política y organizativamente independiente de la democracia burguesa y pequeño-burguesa, para arrancarle la dirección de las masas proletarias y arrastrar a los campesinos pobres, o bien quedar como furgón de cola de la democracia burguesa o pequeño-burguesa.

En el primer caso, se puede luchar incluso dentro de la revolución democrática, arrojando las bases del comunismo que tiene como condición la conquista del poder y la lucha internacional del proletariado en las metrópolis. En el segundo caso, se subordina la revolución y al proletariado a las exigencias del desarrollo capitalista.

Las fuerzas objetivas tendían a esta segunda solución. El proletariado estaba vencido, la represión se descargaba sobre las ciudades, en Rusia la dictadura comunista se había desmoronado bajo los golpes del estalinismo y de las clases no proletarias, y, desde que Stalin había saboteado la huelga general en Inglaterra, las posibilidades de revolución proletaria en Europa, por el instante, eran nulas. El Partido Comunista chino, forzado a retirarse hacia el campo, continuó exactamente en la vía que ya había tomado en 1923, repitiendo que «los tres principios del pueblo» eran sus principios e hizo que, en virtud de estos principios, el movimiento revolucionario se alejara cada vez más de las ciudades, volviendo a tomar las tesis de Stalin sobre la necesidad de una «etapa agraria» de la revolución; sostuvo que la derrota de 1925-1927 había sido un simple episodio debido a la incapacidad o a la traición de algunos dirigentes, y que la revolución había arribado a «un nivel superior de desarrollo». Lo que en 1923 y 1925 no era, de acuerdo a Stalin, más que una sumisión necesaria y temporal del proletariado a las exigencias burguesas, devino un fin en sí; fin de todo el movimiento revolucionario, que no solamente el proletariado era incapaz de dirigir, sino dentro del cual tampoco podía participar.

La consecuencia de estas posiciones fue que el proletariado se alejara del movimiento revolucionario y se implantara en las regiones más agrícolas y atrasadas de China, regiones que, después de la II guerra mundial, serán el punto de partida de los ejércitos de Mao para avanzar sobre las ciudades; el movimiento campesino que, a pesar de todo, sobrevivió inmediatamente después de 1927, no sirvió para dar oxígeno y fuerzas al proletariado, al contrario, son los restos de las pocas fuerzas que quedaron del proletariado las que van a servir para marcar el carácter campesino y burgués de la revolución.

A partir de 1927, el Partido Comunista chino que continuaba llamándose partido proletario y comunista, se convierte en el verdadero Kuomintang, es decir, el verdadero partido de la burguesía revolucionaria; su base social está constituida por el campesinado, sus objetivos son los tres principios del pueblo y la realización de la unidad y la independencia, no en nombre de la dictadura del proletariado, sino en nombre del «bloque de las cuatro clases», es decir del desarrollo burgués. Sin recordar esto no se puede comprender ni la progresión de la revolución china, ni las razones de las dificultades por las que pasa el Estado chino actualmente (1967, NdR); en suma, no se puede comprender lo qué significa la China de hoy en día, a menos de contentarse con repetir las habituales fórmulas vacuas sobre el «pensamiento de Mao» (o más bien «del Presidente Mao») y sobre la gran «revolución cultural», que nada dicen ni explican a los ojos del proletariado occidental, cegado por el oportunismo de los partidos supuestamente comunistas.

El completo abandono de toda perspectiva comunista marca el fin del segundo periodo revolucionario en China. La concepción proletaria y comunista de la revolución mundial, defendida por los bolcheviques y Lenin contra los socialdemócratas, y que había conducido a la victoria de la dictadura del proletariado en Rusia y a la formación de la Internacional Comunista, se había estrellado contra los obstáculos que la revolución había encontrado en Europa y que incluso habían derrumbado el bastión proletario de Rusia; el poder proletario vencido en Moscú arrastraría la derrota de la revolución china en su caída.

Es en 1927 que la oposición de izquierda es expulsada del partido bolchevique y entregada a la policía secreta; es en 1927 que la corriente de izquierda es excluida de todos los partidos comunistas occidentales. La derrota del proletariado chino es por tanto el último acto de una tragedia cuyo escenario es el mundo entero. Desde 1914, el proletariado había dado un enorme salto adelante luchando sobre su terreno de clase contra el modo de producción capitalista. La victoria en Rusia en 1917, la derrota en Hungría y en Alemania en 1918-1919, la derrota en Italia en 1920-1923, el derrumbamiento de Rusia y la degeneración de la Internacional Comunista, son las diferentes etapas de este drama. El proletariado no podía vencer sino a escala mundial; es a escala mundial que fue vencido y fue tan completa su derrota que sus propias organizaciones de clase pasarán a manos de sus enemigos y los partidos comunistas se transformarán en lo que son hoy en día: los más sólidos pilares de la conservación burguesa.

Desde 1927, todos los movimientos revolucionarios en todos los países, portan el signo de esta victoria mundial de la burguesía y de su modo de producción, y es bajo este signo que se han desarrollado los movimientos nacionales revolucionarios de los países coloniales, quienes jamás han logrado salir de los límites que les habían sido impuestos por la dominación del capital mundial, y que no podrán hacerlo sin la reanudación de la lucha revolucionaria del proletariado en los países de capitalismo desarrollado.


(1) C.f. «Desarrollo particular de China», El Programa Comunista, n° 48.

(2) El feudalismo chino es muy anterior al propio feudalismo europeo, a pesar de que desaparece más tarde o de otra forma. (C.f. Ibidem)

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