LOS ERRORES QUE SIEMPRE COMETEREIS
(Chile y la ilusión democrática)


Mientras que en Chile la jauría castrense continúa reprimiendo a los
miembros de los partidos puestos en la ilegalidad por el nuevo régimen,
especialmente a aquellos de los partidos más a la izquierda que, si bien han
sobrevivido, son sometidos a duras condenas, en Italia Carlos Altamirano, (hoy el lider
más conocido y autorizado de Unidad Popular en el exilio) según L'Espresso
del 24 de marzo que contiene una entrevista, y que refiriéndose al golpe
chileno pretende haber sacado una lección útil sobre los (errores que no
cometeremos más): « si hubieran sido previstos y superados a tiempo los
errores y los equívocos que se han cometido, el curso de los acontecimientos
hubiera sido diferente », antes de precisar lo que él entencía por « errores »:
« En el gobierno y en la Unidad Popular, la ausencia de una
dirección política unitaria, la dispersión ideológica y
las divergencias tácticas, han producido incoherencias en la gestión
política e incompatibilidad entre los diversos elementos que participaban en
la gestión táctica y política del gobierno. Lo que faltó también
fue una política militar. No era lógico ni consecuente fundar
el éxito de un proceso revolucionario sobre la lealtad personal de algunos
mandos militares, sobre sentimientos en apariencia legalitarios, sobre
tradiciones que formaban parte de la mitología burguesa ». Después de haber
dicho que la clase dominante tiende más a la preservación de las relaciones
de producción que a la superestructura jurídica, Altamirano señala que
« faltó una política militar con un poder de disuasión » propios, agregando que:
« Hubiéramos podido evitar el golpe y la guerra civil si nos hubiésemos preparado
solamente para ello. La vía político-constitucional, sin recurrir a las armas, con que
la Unidad Popular esperaba efectuar el paso al socialismo, no debió haber
descartado nunca la posibilidad de transformarse en acción armada. »

Todos los demócratas están dispuestos a admitir haberse equivocado por
exceso de « democracia » cuando son expulsados por quien los ha tolerado
en su propio interés. Escuálidos intérpretes liberales de una democracia
burguesa que en otras épocas no era considerada inconciliable con la fuerza y el
terror contra los poderes abatidos sino que por el contrario se nutría de
ellos, los "socialistas" chilenos balbucean ahora cuando la situación no
tiene ningún remedio. Después del terrible estacazo, gemidos
inevitables se elevan y se asiste a la nauseabunda carrera hacia el más sincero
« mea culpa ». Sin embargo —cosa también inevitable— tampoco se sacaba
la sóla lección útil, esto es, la necesidad de romper el frente de la
« democracia oficial » expresión no digamos de una « transición al socialismo, sino
de un poder fuerte frente a las clases dominantes más atrasadas y el imperialismo,
fuerza irrealizable sin el armamento y la organización de las fuerzas
revolucionarias cuyo motor será siempre el proletariado, cosa que
no haría la democracia como es lógico.

¿Por qué entonces, bajo el gobierno de Allende no se ha creado este frente,
sino que se ha dado mayor peso a las « estructuras jurídicas » que a las
« relaciones de producción », como dice el socialista Altamirano, dando a
entender que se debía haber hecho lo contrario?
La verdad es que la tentativa de Allende no ha llegado ni siquiera al nivel de un
movimiento burgués radical. Ha sido un movimiento promovido por la gran
burguesía misma y « caracterizado » por el intento de realizar un
compromiso entre todas las clases sociales. La burguesía creía
poder gobernar sobre la base de este compromiso general, pensando haber
encontrado en Allende el hombre que podía moderar todas las tendencias
extremistas, sobre todo aquellas procedentes de las masas campesinas y obreras.
Y todos han podido constatar, ante la evidencia del golpe, que Allende
nunca tuvo la fuerza suficiente para imponer cualquier cosa, y mucho menos en el
plano militar, como el mismo Altamirano debe admitir. Si el poder ha pasado
a los militares, no obstante la débil resistencia del palacio de la Moneda,
no fue a pesar de Allende, sino gracias a Allende.
Esto es evidente si se piensa que los militares fueron mimados por el
gobierno « socialista »: desde 1970 a 1975, el balance de la defensa pasó
de 1120 millones a 7340 millones de escudos —decía Le Monde del 20
diciembre 1973—, aumento muy considerable aún teniendo en cuenta incluso la
inflación si se compara a 1969, « ultimo año del gobierno demócrata-cristiano
de Frei », quien a su vez estuvo animado de una súbita solicitud hacia los
pretorianos en ocasión de las elecciones presidenciales. La
conquista de las fuerzas armadas, descrita a su tiempo como modelo de
ejército democrático, al igual que la de las otras instituciones, no comportó
la sustitución de todos los cuadros viejos, si no que ha sido
hecha con la intención de comprar el aparato tal cual era (hubo notables
mejoras económicas y estructurales), con el resultado que todos
conocemos: dar fuerza y medios a los propios enemigos. El ejército chileno
estaba instruido militar e « ideológicamente » por los Estados Unidos no
habiendo cesado éste con Allende; cada año por lo menos doscientos oficiales
y suboficiales marchaban a Panamá para un curso de perfeccionamiento. El
general Carrasco W. —refiere siempre Le Monde— que fue acogido
triunfalmente en 1972 en Cuba, no ocultaba el haber adquirido gran provecho
de estos cursos, en los que había sido adiestrado para la
« counter-insurgency-war » (traducción : guerra contrarrevolucionaria). Siempre
la misma fuente cita las palabras de uno de los más cercanos colaboradores
militares de Unidad Popular según el cual para Allende, romper o incluso
reformar las relaciones militares con Washington hubiera equivalido a
introducir un factor político en problemas esencialmente profesionales. El
mismo colaborador narra después que cuando el general Prats pudo conjurar el
golpe del 29 de junio de 1973 intentado por el coronel Souper, « la marina y
la Fach (Fuerza Aérea chilena) hacia mucho tiempo que estaban preparados para
sublevarse, y en estas condiciones una depuración en el ejército,
conquistado casi por completo por las ideas de los putchistas, lejos de
frenar el golpe de Estado lo habría precipitado ».
Se trata entonces de algo bien distinto a un « error »! Si Allende estaba en el
poder era porque había favorecido tal situación, dejando siempre la alternativa
« fuerte » en las manos de quien detentaba el verdadero poder. El error fue
simplemente el de haber emprendido la « via chilena », que Altamirano
sostiene no haberse « agotado », más aun, que es todavía "una esperanza
abierta a los pueblos".
Que la « vía chilena » estuviera cerrada a toda clase de desarrollo
revolucionario lo confirman también las palabras de Juan Garces, un
consejero político de Allende que en Le Monde del 18 de diciembre de 1975 se
pregunta si « se podía armar a los obreros », concluyendo que no.
Este afirma que « la Unidad Popular fundaba su programa en la
legitimidad política, sin que en los altos mandos hubiera un solo
general socialista y mucho menos comunista ». Fuerza militar contra
"legitimidad" política !

Después de haber proclamado textualmente que no es posible la revolución sin
ejército revolucionario, el autor describe el motivo del fracaso de Allende
en haberse apoyado en el ala democrática de las fuerzas armadas.
Estas fuerzas democráticas eran demasiado débiles
para « neutralizar la mayoría antisocialista de los oficiales ».
Dado que el problema de la vía legal era, como siempre, el de « mantener en
pié el equilibrio interno que se había creado », era absolutamente
necesario evitar la ruptura : « la actitud las fuerzas armadas no se prestaba
a equívocos. En ningún caso estas se hubieran convertido en el brazo armado
de la clase obrera [es decir, en las fuerzas potencialmente
Revolucionarias, realmente]».

El colaborador de Allende sabe de qué está hablando: « el apoyo de los
militares al gobierno Allende estaba insertado en rígidos límites políticos y
sociales, fuera de los cuales no podía continuar el estado de derecho
sin agravar las contradicciones entre el proletariado y la pequeña
burguesía. El sector de las fuerzas armadas reconocía al gobierno legal en
la medida en que éste actuaba conforme al derecho. Este fue presa de
una ideología ‘institucional’ y no de una ideología de clase ».
En otras palabras, el ejército era reconocido como fuerza adversa que se
creia « controlar »... quedándose tranquila. Para el autor estaba claro que
« éste mismo cuerpo de armada que defendía al gobierno le habría desobedecido
si hubiera recibido una orden contraria a la Constitución. El presidente
Allende no tenía la posibilidad de disolver las cámaras y gobernar por
decreto de ley ya que ningú regimiento lo hubiese apoyado entonces ».
Está claro, pues, que las mismas condiciones que le permitían estar en el
poder, imponían que no se hiciese nada de revolucionario. ¿Por qué entonces,.
para salir de esta prisión, no se llamó a las fuerzas externas al
ejército, armándolas y organizándolas? La respuesta del ayudante de Allende
es, por lo menos, desalentadora : « No hubiera sido posible iniciar una acción
de este tipo (la distribución de armas a los trabajadores) sin que no
fuese conocida en el acto por las fuerzas armadas ».

Todos los razonamientos del autor llevan a la misma conclusión :
el armamento y la acción armada no eran posibles en esas
condiciones, sin provocar una represión del ejercito « entre 1970 y agosto
de 1975, las circunstancias objetivas y subjetivas que determinaron el
proceso de Unidad Popular hacían imposible la organización de un ejército
popular paralelo al ejército profesional ».
Por lo tanto, el programa político de Allende se expresaba esencialmente en
esta posición típica de todos los gobiernos moderados —se presenten éstos
o no como transición al socialismo— la cual consiste en no hacer nada que
sea radical para evitar la reacción de los militares, y hacer de todo
para hacer créer al proletariado y al campesinado que sólo así la reacción
no pasará. La misma cuestión se puede expresar de otra manera:
el miedo a la organización de los obreros y los campesinos era más fuerte
para el gobierno, que aquél inspirado por el ejército que este toleraba, mientras
que los proletarios en armas no lo hubieran tolerado.
Está claro, pues, que todos aquellos que han apoyado desde adentro y desde
afuera esta "via pacifica" se han hecho responsables de su éxito. Una fuerza
revolucionaria habría sentido como tarea fundamental suya el mantenimiento
de una independencia política y de organización rigurosa del gobierno y de
sus partidos, no solo con el fin de obligar a éstos mismos partidos a una
mayor radicalización en sus medidas burguesas, sino también para procurarse
medidas de autodefensa proletaria y campesina, y reivindicándolas incluso
contra el gobierno « de pacificación ».

¿Qué ha hecho un Altamirano, después de haber afirmado —según reporta
Regis Debray— que « el mejor modo de precipitar el enfrentamiento
y hacerlo todavía más sangriento, es el de volverle la espalda »?
Después del golpe fallido del 29 de junio, Altamirano declamaba : « Nunca ha
sido tan grande como hoy la unidad entre el pueblo, las fuerzas armadas y
los carabineros, y esta unidad se irá reforzando en cada nueva batalla de la
guerra histórica que nosotros conducimos ». Estas fuerzas armadas ligadas
al pueblo son las mismas que, según Garces, no había duda que habían
decidido el putsch, las mismas que debían reprimir al pueblo pocos meses
después y que, por otra parte, antes habían recibido con júbilo
la autorización del gobierno progresista para requisar todas las armas
que encontraran y para lo cual una simple denuncia de un « ciudadano »
era suficiente. ¿También esta ley fue un « error »?
La experiencia que hay que sacar es que para defenderse contra la burguesía
y su Estado, para arrancarle aunque fuesen solamente ventajas reales e
inmediatas, los proletarios no pueden contar que con sus propias luchas, fuerzas
y organizaciones independientes de clase y sobre su partido revolucionario dirigiendo
estas fuerzas, organizaciones y luchas.

Hoy sería un error mucho mayor considerar que para corregir los defectos
de una « dirección política unitaria », de « dispersión ideológica » y de
« divergencias tácticas », se deba volver a intentar, como afirma Altamirano,
el mismo bloque unitario.
Se critica el "sectarismo" precedente y se habla de "voluntad unitaria" y de
magnanimidad y generosidad para olvidar (sic) el pasado y trabajar con
entusiasmo hacia el futuro » ! Los excluidos del bloque son sólo
aquellos que han salido de éste para combatirlo con las armas de los militares.

Altamirano expresaba perfectamente durante una intervención con los
socialistas de Mitterrand en París, la ilusión unitaria que
ha llevado a la catástrofe, mostrando que sus criticas postumas no
valen para cambiar absolutamente nada su unitarismo suicida :
« Hemos vencido con la unidad, hemos fracasado dolorosamente
con la unidad, es con la unidad que venceremos ». Las raíces de este fracaso
radican precisamente en esa unidad, que nunca conducirá a una verdadera victoria.

Sin lugar a dudas muchos elementos hoy día en Chile habrán comprendido
—frente a la despiadada represión por parte de la reacción, después de haber
sido desarmados por la « revolución pacifica »— que la única vía de revancha
pasa a través de la opuesta a la que se ha seguido hasta ahora. En estos
momentos el mayor peligro es que las voces de éstos queden sumergidas por el
coro pusilánime de los que ahora gimen por no haber combatido antes. Está
en que un Altamirano sea capaz de llegar a hacer creer en otro experimento
de allendismo "revisado y corregido" y embaucar a militantes combativos con
el engaño de que la « nueva via » es algo bien distinto al Frente Popular de
los años 50, porque "en unidad popular la dirección está en las manos de la
clase obrera".

Cierto, la única en grado de lanzar el ataque contra la reacción
chilena-imperialista es la clase obrera. Pero este ataque tendrá un éxito
ventajoso para la clase obrera únicamente si al mismo tiempo va dirigido
contra los pusilánimes demócratas de las medias clases dispuestos siempre a
perder antes de combatir. Y este será igualmente el único medio de encontrar
aliados en otras capas sociales, especialmente entre los campesinos más
pobres.

Es la vía de 1848 trazada por Marx y Engels ; la del
rechazo de verse reducido el proletariado a « apéndices de la democracia oficial » la del
reconocimiento de la necesidad de constituirse en « organización independiente,
secreta y publica ». Esa era la vía que había que emprender para no caer
en la trampa democrática y salir del lodo ensangrentado.

(Artículo aparecido por primera vez el 17 de Junio de 1974. en « Le Prolétaire » n° 159.)

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